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Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

sábado, 30 de agosto de 2008

Un repaso (nostálgico) del “western”

kaosenlared.net - Barcelona, Cataluña, Spain

Las películas del Oeste forman un género muy concreto. Nos habla de un tiempo y de un país, pero también de muchas cosas más.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 23-8-2008 | 265 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/repaso-nostalgico-del-western

Una muestra de lo mucho que han cambiado las cosas entre los espectadores lo demuestra lo siguiente. En una reciente encuesta entre adolescente, el western aparece citado en último lugar, a los cincuentones como a los de muchas otras partes, el cine es ante todo el western, o las de "vaqueros", "del Oeste", o la "de tiros", que decíamos los niños. Quizás esto explique que los abuelos de ahora conviertan en un éxito de audiencias los últimos ciclos sobre el Oeste en la TV, las constantes reediciones en DVD. También que a la hora de conversar, muchos tenga sus preferencias cinematográficas en este género. Según cuenta Javier Coma, existen numerosos especialistas anónimos, entre los cuales tenemos pocos paisanos, algunos de los cuales llevan su purismo hasta el menosprecio de eurowestern, incluyendo el de Sergio Leone.

En el conocido (y magnífico) libro sobre los niños de la postguerra, El florido pénsil, se evoca como este género alimentaba las sesiones infantiles, que a su vez lo hacían de los numerosos estrenos del género, y como los niños imitábamos los duelos y las cabalgadas ululando como los indios como igualmente se muestra en Cinema Paradiso mientras disfrutan con La diligencia (1939), todo un mito en el que el bandido y la prostituta son los buenos, y el banquero casi neoliberal el malo (y Gerónimo, lo cual era falso e totalmente injusto). También es habitual en muchas películas norteamericanas modernas, la escena en la un televisor encendido en el que se emite un "western", identificado por la cabalgada de los indios o por los tiroteos, mientras que la persona que lo estaba viendo se ha quedado traspuesta, como los adolescentes "sobrados" de ahora con Crónicas marcianas.

Sin embargo, no hay más que conversar un poco para comprobar que los niños de entonces no solamente hacíamos gozosamente "el indio", aprendimos muchas cosas a través de un género que conoció su edad de plata justamente en aquellos tiempos, cuando John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann, Raoul Walsh, Delmer Daves, Robert Aldrich, Budd Boetticher, John Sturges, John Farrow, Gordon Douglas, y tantos otros vivieron su mejor momento. Una evidencia de ello en que existe un grado de conocedores del "western", en tanto que, fuera de las elites, es mucho más difícil encontrar conocedores de otros géneros. Además, precisamente por su carácter popular, la mayor parte de sus productos fueron estrenados por aquí, y gozaron del apoyo del público, atraídos también por estrellas como Gary Cooper que en su último tramo protagonizó títulos que permanecen en la memoria de todos como Los inconquistables, Dallas, ciudad fronteriza, Tambores lejanos, Sólo ante el peligro, El jardín del diablo, Veracruz, La gran prueba, El hombre del Oeste, El árbol del ahorcado, y Llegaron a Cordura…Para mí resulta significativo que algunos con los que entonces me lo pasé en grande, como Dallas, ciudad fronteriza (1950), luego me parecieron muy mediocres, en tanto que otros que entonces me resultaron extraños y "raros", los vería y los volvería a ver después con muchísimo gusto, como puede ser El jardín del diablo (Garden of evil,1954). Supongo que en esto hay una intensa seducción por los actores, por ejemplo por el "malo" (que luego no tal como lo había sido en Cielo amarillo, uno de los grandes), que era nada menos que Richard Widmark, que había helado la sangre de muchos espectadores en El beso de la muerte actuando como un gangster psicópata al lado de Victor Mature, el delator, que quizás peor, ni siquiera respetaba su código.

Cierto es que, en un principios, a los niños nos gustaba todo, empezando por las series más añejas como la del dinámico Ken Maynard (1895-1973), rodadas entre 1930 y 1945, algunas de las cuales, según testimonios, se ofrecieron en versión original sin doblar, sin que esto importara demasiado aunque, justo es decirlo, hoy muchísimos sabríamos inglés sí hubiéramos visto todo aquel cine subtitulado, como he visto que ocurre en Finlandia. Cow-boy sonriente, limpio y generoso, tenía un caballo que era tan valiente como él, aunque hoy sea imposible distinguir ninguno de sus títulos porque estaban hechos en serie y se parecían como dos gotas de agua. Lo mismo ocurrió con Bob Steele, pequeño, ágil, sonriente, capaz de hacer diabluras con los caballos (y luego un magnífico y oscuro actor secundario), o Kit Carson, que, para los chicuelos era el propio personaje en el que aparecía en la pantalla y no el actor William Katt, y que ya se trataba de telefilmes.

Como hemos visto, son los mitos lo que mantienen unidos a los pueblos. Tenemos un destino en lo universal, dijo el Fundador que trabajaba para la embajada italiana de Mussolini. Esto también funciona para los pueblos jóvenes que lo necesitan, y el norteamericano no es una excepción, para ellos, según resume un especialista (R. W. B. Lewis): "Dios decidió dar al hombre otra oportunidad descubriéndole un nuevo mundo al otro lado del mar. Esta magnífica tierra, prácticamente vacía, poseía recursos naturales casi inagotables. Mucha gente llegó a ese nuevo mundo. Era gente de especial energía, confianza en sí misma, inteligencia intuitiva y pureza de corazón... La misión concreta de esta nación en el mundo sería servir dé guía moral a las demás naciones". Este sentimiento "fundamentalista", confundido con el culto al consumo y al dinero, aparece claramente en el cine bíblico, pero si existe un género genuinamente representativo del "Destino Manifiesto" norteamericano ese es el western en película que presentaban el desafío de llevar la civilización a lugares donde, se creía, no existía previamente, aunque lo que ocurría era que eran otras civilizaciones, como le ocurrió a la España imperial en Latinoamérica.

Estas películas sugerían también el peligro del caos, sin ley las ciudades desaparecían. Las diligencia, o luego los vagones de la Union Pacific (que en 1939 dio nombre el mejor western de Cecil B. de Mille con Joel McCrea y Barbara Stamwyck), simbolizaban la comunidad que los pioneros debían constituir después de mil peripecias en las ignotas tierras vírgenes, que a su vez se transformaban en un símbolo de lo indómito de sus fundadores, gente de una pieza que se encarnaron en diversos actores, entre los cuales seguramente el más representativo fue John Wayne. El western planteaba (y plantea, que todavía está ahí, se hace y se ve) la necesidad de la cooperación y civilización, así como de la resistencia del individualista destinado a perecer como el Shane de Raíces profundas.

Ciudades muertas, efímeras, pero sobre todo ciudades que nacen y se hacen. Ciudades sin ley en las que unos hombres se imponen, unas mujeres que desafían las normas establecidas, personajes turbios de diversas culturas y procedencias que se pelean y se reencuentran, religiosos auténticos y falsos que citan la Biblia y evocan el mito del Israel de los profetas para predicar la hermandad, pero también la guerra, el Séptimo de Caballería que cabalga para salvar la caravana, el amor a una tierra conquistado, la otra cara de los colonos, los indios, que siempre estuvieron allí, que cuentan con una legitimidad negada durante siglos, los negros como sirvientes, pero también como sargentos capaces de las más nobles entregas, el nacimiento, las convulsiones de una nación, una guerra que impone la libertad a la tradición. Una revolución que acaba con algo que hasta entonces se consideraba tan viejo como la vida, la esclavitud que había permanecido después de sustentar las economías de civilizaciones como Grecia o Roma. Una historia legendaria sobre la que sabemos más que de cualquier otra.

Desde luego más que sobre la nuestra. El argumento de que los denunciamos a Bush somos antinorteamericano debían de saber que sí la patria es la infancia, la de muchos y muchas, lo mejor de ésta lo encontramos en el cine.

Del cine grande, la pantalla oscura, y toda la fascinación inherente, pasamos a la Tele, mucho menos atractiva -no hay color-, pero con la podíamos cultivar la pasión, y además grabarlas…

Antes de que llegara la Tele, recuerdo que nos llegó un telefilme de Jacques Tourneur titulado Furia salvaje (Frontiers rangers, USA, 1959), con George Montgomery, que era un actor habitual del cine de aventuras de serie B. De Tourneur también recuerdo Wichita (1955), porque estuvo anunciada mucho tiempo, el chico era uno de mis actores favoritos, Joel McCrea (1905-1990), y éste hacia de Wyatt Earp... El telefilme de Tourneur estaba basado en la novela de Kenneth Robert, la misma que sirvió a King Vidor de base para Paso al Nordeste (Norttwest passage, 1940), con un soberbio Spencer Tracy que cfue acusada de fascista por el trato que se le daba a los indios. Spencer Tracy fue uno de los grandes que muy raramente se acercó al género, aunque le bastaron ésta y Lanza rota (Bronken lance, 1954), también en compañía de Richard Widmark, y en la que el héroe es el hijo mestizo (un bisoño y blando Robert Wagner), producto de su matrimonio con su segunda mujer, una princesa india encarnada por la inmensa Katy Jurado, volviendo a ilustrar un criterio made in Hollywood según el cual los actores hispanos resultaban especialmente idóneos para interpretar a los nativos norteamericanos, y quizás la mejor muestra de ello la dieron con uno de las más nobles e impresionantes títulos de John Ford, El último combate (Cheyenne Autum, 1964), en la que hacen de indios Dolores del Río, Gilbert Roland y Ricardo Montalbán. Un indio muy particular en los eurowesterns rodados en Almería sería el gitano Rafael Albarraicín.

Entre los elementos de culto al género entre la chiquillería de entonces creo que tienen cierto significado los que conectaban con algunas de sus armas más representativos. Seguramente la más celebrada en su momento fue Colt 45 (USA, 1945), protagonizada por Randolph Scott (1903-1987), actor de rudo semblante, lacónico y estoico. Estrechamente ligado al género. de manera que su filmografía se encuentran "paquetes" de títulos realizados con diversos directores que fueron verdaderos especialistas como en las adaptaciones de Zane Grey filmadas por Henry Hathaway en los años treinta (y parte de las cuales se encuentra en la Mula), la serie inmortal que compuso con un equipo presidido por Budd Boetticher, de lo mejor que se ha fabricado. Películas concisas, de historias intensa, grandes paisajes y personajes ambiguos que acaban con el mal ajeno y propio como en un catársis…Scott también rodó varios títulos con otros directores Andre de Toth, Gordon Douglas, Lewis Seiler, o Edwin L. Marin entre otros.

Marin fue el responsable de Colt 45, una infumable producción harto primitiva de la Warner Bros cuyo éxito vino dado por la fascinación ejercida por el famoso revólver que al decir del "prospecto" hacia "La ley dosificada en seis "píldoras" para los forajidos", sin embargo, el drama era que el Colt con los seis disparos que renovó la carrera de armamento en el Far-West también podía caer en manos, como ocurre en la peli, de un malo paranoico (Zachary Scott), tan perverso que consigue cargar a los muertos a Randolph Scott, aunque al final todo se aclara y el chico se queda con la chica, una viuda (Ruth Roman, siempre ambivalente, una mala que acaba como buena o una buena que acaba como mala). El Colt 45 plateado fue reproducido a tamaño natural como un prospecto o caratula, que únicamente se daba con la entrada, y aquello fue una auténtica conmoción, una muestra fehaciente del peso que una publicidad imaginativa podía tener entre los niños que íbamos parte del día gritando "!Bang, bang, bang¡" (como en una genial telefilme de Hitchcock, el hijo de un policía lo va haciendo con una de verdad confundida con la que le habían regalado "igualita que la de su padre"), y el caballo podía ser una caña de escoba porque la cosa no daba para más. A mí la única escopeta que me trajeron los Magos me duró unos pocos días.

A pesar de que hoy sólo se puede ver un poco "cargado", Colt 45 fue tal éxito que inspiró otras réplicas como la auspiciada por la Universal el mismo año, Winchester 73 (USA, 1950), que significaría el primer encuentro en la inmortal relación entre Anthony Mann y James Stewart en el ámbito del "western". A pesar de que se trataba de un encargo, contaba con un guión del otro gran nombre de la citada asociación, el guionista Borden Chasse. En apariencia una más, la historia de un vaquero (Stewart) que busca a un hombre, su hermano (Stephen McNally, un malo como una catedral, igual que Dan Duryea, por el que también pasa el rifle), que le había robado su arma, el muy preciso Winchester, con el que, en presencia de Wyatt Earp (el black-liste Will Geer), consigue atravesar una moneda en al aire por el mismo centro abierto por el Caín. Drama de resonancias bíblicas, representa un paso en la evolución del género, entre la vieja y la nueva escuela, con un héroe que no lo parece en absoluto, unos paisajes que marcaban el relato y unos secundarios del talento de Millard Mitchell.

Para los niños, una gozada que todavía alegre los días con gripe, y en la que, entro otros detalles, distinguimos a Rock Hudson como un cabecilla indio, y a Tony Curtis como soldado anónimo. El gusto de boca fue tal que, salvo un cataclismo (como un apagón de luz), no nos perdimos las siguientes del trío: Horizontes lejanos Bend of the River, 1951), que provocó colas tumultuosas debajo de los carteles en los que aparecían James Stewart y Arthur Kennedy tratando de extraer una flecha a Julie Adams, la misma que había enamorado al monstruo marino de La mujer y el monstruo; Tierras lejanas (The Far Country, 1953), Colorado Jim (Naked Spur, 1953) o incluso Bahía negra (Thunder Bay, 1953) , aunque no fuese del Oeste. Basta dar un repaso a estas películas para comprobar que aunque éramos unas criaturas, allí se daban trasfondos y detalles que nos obligaban a pensar y a apreciar intensidades. De hecho, todavía lo hacen cuando las vemos por TV en sus múltiples emisiones, cuando al verla las descubres de nuevo.

Otra arma, el Springfield Rifle (1953), fue el Mac Guffin (el desencadenante argumental) de otro "western" con muchas colas, aunque aquí adquirió un título más castrense, El honor del capitán Lex que Gary Cooper rodó para la Warner lo que destaca en el tono de la fotografía en color de Edwin Dupar. Esta es una de esas películas que decepcionan cuando la revisas, y la comparas con la impresión que te causó en su momento. "Western" que transcurre en la guerra civil más cinematográficas de todas (entre otras cosas porque luego no se fusiló a nadie, y se amnistió a los presos), es también "una de espionaje", en la que el capitán Lex (Cooper) tiene que simular que es un desertor para desenmascarar a los traidores que trafican con caballos y armas a favor del sur esclavista. También es de esas películas que ponen en evidencia el carisma de un actor, en el caso de Gary Cooper (1901-1961), sin el cual se trataría seguramente de un título olvidado. En el inicio, no he tomado el ejemplo de Gary Cooper por casualidad.

Algunos de los títulos mencionados pasaron más o menos desapercibido pero otros fueron legendarios como Tambores lejanos (Distant Drum, 1951), que algunos no nos hemos cansado de ver con aquellas persecuciones en la jungla de Florida, la belleza de los desplazamientos en piraguas, o algo tan simple como la manera de afeitarse al seco, por no hablar de las relaciones con el hijo, un niño indio. En la calle Ermita hubo toda una discusión sobre si Gary Cooper atravesaba con su cuchillo a Mano Amarilla a no, y para ello manoseamos los carteles una y otra vez. No lo fue menos Veracruz (1954), en la que el primer plano lo ocupaba el duelo con Burt Lancaster que era el malo más simpático que yo pueda recordar, el segundo lo ocupaba la presencia de Sarita Montiel, a la que algunos recordaban por cosas como Locura de amor, pero también estaba la tonalidad que se le daba al México revolucionario de Juárez, y por el que al final, Cooper, todo un caballero, tomaba partido. A título de anécdota cabe contar que mientras Sarita ha confesado que Gary estaba enamorado de ella, pero el mejor biógrafo de él cuenta que el actor salió echando pestes por su perfume cuando le obligaron a darle el beso, aunque hay que reconocer que Sarita estuvo bien en Yuma (Run of the arrow, USA, 1956), y además estuvo casada con Anthony Mann, aunque la verdad es que no le aprovechó mucho.

Después de Gary Cooper que, como apuntaría muy bien Pilar Miró, estaba en los cielos, quizás el actor que más vivamente representó el cine de Oeste en aquel entonces fue el bajito Alan Ladd (1913-1964), más que John Wayne del que yo solamente recuerdo Hondo (1953). Ladd estuvo muy activo, ya de la primera época era recordado por Smith, el silencioso (Whisoering Smith 1949), y Marcado a fuego (Branded, 1951), cuando nos deslumbró como pocos en Raíces profundas (Shane, 1953), una de las más impactantes de la época tanto por sus paisajes de llanos y montañas nevadas, sus planos profundos, su historia social entre pequeños agricultores y el terrateniente de turno, la presencia del enérgico Van Heflin, el sombrío Jack Palance, con su extraño rostro reconstruido tras sufrir horribles quemaduras y su frialdad para matar al infeliz Elisha Cook jr, una de las mejores víctimas de la historia del cine, y sobre todo, por el hecho de que la película estaba vista por los ojos de un niño, Brandon de Wilde que, sin lugar a dudas, fue nuestro punto de identificación. Dirigida por el reputado George Stevens, esta película tuvo la virtud de permanecer como pocas en la memoria...

Esto explica que con semejante identificación, no nos perderíamos ninguna otra con actor dulce, rubio, sobre el que se hacían chistes tontos por lo bajito (se decía por ejemplo que se tenía que montar en una silla para besar a la chica), pero que había sido un turbio gangster, y que en el "western" ofreció seguramente lo mejor de sí mismo en otros títulos tan emblemáticos como Rebelión el fuerte (Sakatchewan, USA, 1954), en la que representa a un capitán de guardia montada del Canadá con su vistoso uniforme nativo, y que trataba de doblegar al magnífico Sitting Bull, el vencedor del general Custer, aliándose con las tribus más moderadas. Pero en aquel entonces, los indios eran eso, los indios. Los sempiternos perdedores, los que para sobrevivir tenían que aceptar la "amistad" del hombre blanco, aunque fuera "sacrificando" a sus rebeldes que no se rendían.

La virilidad a la vez cínica y frágil de Alan Ladd sería recordada en otros "westerns" como Sólo una bandera (Red Mountain, 1951), obra de un director inédito en el género, William Dieterle, en dos dirigidos por Gordon Douglas y en compañía de Virginia Mayo: La novia de acero (The Iron Mistress, 1952), en el que interpretaba a Jim Bowie, el mismo que encarnó con mucha más mala leche Richard Widmark en El Álamo, y La pequeña tierra (The Bing land, 1957), donde era un conductor de ganado que se enfrentaba al que había sido su mejor amigo (Edmond O´Brien), y que recuerdo del cine Victoria de verano sin un entusiasmo especial. También lo recuerdo como el jefe de un equipo de taladores que no aparece con su título en castellano en ningún estudio, y que yo creo que se llamaba Los taladores (Guns of the Timberland, 1959), junto con Jeanne Crain y Gilbert Roland, aunque ninguna de ella alcanza la fuerza dramática clásica y sencilla de El rebelde orgulloso (The Produd Rebel, 1960), que fue también una de las últimas películas del efectivo Michael Curtiz (responsable de algunos de los mejores "westerns" de Errol Flynn), en compañía de una madura Olivia de Havilland, y con Donad Crips, al que le quedaba muy poco de vida y que había empezado a trabajar en el cine a principios del siglo. Todavía me molestan los comentarios bobos que algunos comentaristas hacían sobre su estatura ("se tenía que montar en el caballo para besar a la chica”). Ladd ttrabajo en un semiwe

Aunque en menor grado, también conoció una buena época el guapo Guy Madison con dos westerns en relieve: La carga de los jinetes indios (The charge at feather river, 1953), de Gordon Douglas, donde interpreta a un explorador que, en un momento de plena tensión, cuando la patrulla ha dejado de respirar para que no le descubran los indios que tenían una percepción especial, aparece una serpiente cascabel de unas rocas, y Guy Madison la expulsa a golpe de salivazos, y Retaguardia (The command, 1954), una del séptimo de caballería bastante inferior, muestra de ello es que a pesar de haberla visto de nuevo en la tele, no me acuerdo más que de los uniformes .

Otra cuestión a destacar de aquellos tiempos, y que ya he subrayado, fue un cambio de perspectiva en relación a los indios, contra los que, por citar un ejemplo, el muy noble y liberal Gregory Peck disparaba con una ametralladora en Solo el valiente (Only the Valient, 1950). Cuando aquí los "indios" aparecían como muñecos dándole las gracias a los Reyes Católicos en la aberrante y apologética Alba de América (1951), el cine norteamericano comenzó a presentar a los indios como personas, con madre y padre, con cultura propia, con una historia que antecedía a las de los ocupantes, y con unos valores humanos que no han hecho más que crecer en grandeza para las personas que, a veces a partir de algunas de estas películas, se han acercado a estudiarlos, leyendo por ejemplo las impresionantes memorias de Gerónimo, cuyo contenido desmiente radicalmente la imagen que de él se ha ofrecido, demostrando la existencia de un cultura ancestral, y de unos valores humanos que ya quisiéramos en nuestra civilización, pro ejemplo en el respeto por los animales y por la naturaleza. Aunque fuese tardíamente, el cine rompió una lanza por los indios.

Entre los diversos westerns proindios liberales de los cincuenta destacaron, en primer lugar Flecha rota (USA, 1950) de Delmer Daves, donde James Stewart hace el descubrimiento de que los indios sufren, lloran, tienen madre y una hermana bellísima (Debra Paget), a la que mataran unos salvajes blancos, pero también Hondo (1953), de John Farrow, con John Wayne en un personaje que recuerda bastante al que compuso en Centauros del desierto. Ninguna de ellas fue para nosotros tan evidente como Apache (1954), de Robert Aldrich, primero porque son los indios los verdaderos protagonistas, porque estaban encarnado por estrellas de la envergadura de nuestro Burt Lancaster y por Jean Peters, la inolvidable protagonista de La mujer pirata, y los malos eran colonos retorcidos como el que interpretaba el gran John McIntire (1907-1991), un buen ejemplo del extraordinario papel que los secundarios jugaban en estas películas, y del cual mencionaré únicamente un título, Historia de un condenado (The Lawles Breed, 1953), de Raoul Walsh con Rock Hudson y Julie Adams, y en el que McIntire interpreta a dos hermanos, uno es un predicador violento, el otro un ranchero bonachón. Quizás muchos que le han visto no lo recuerden, pero la película no sería la misma sin él …

Aunque vistas con el tiempo, algunas de estas películas no dejan de resultar hipócritas, por ejemplo, los intérpretes son, en su mayoría, blancos; encarnan a menudo a hombres mestizos; se opone el "buen" indio, susceptible de colaborar con los blancos, al indio "malo", que quiere la guerra, su valor simbólico, y su influencia positiva en el imaginario es incuestionable. Este lento avance de un humanismo moderno se une, curiosamente, a las fuentes mismas del western, donde el indio era visto como el buen salvaje más que como un ser sanguinario opuesto al progreso de la civilización. Las lista prosigue con otros títulos memorables como Más allá del Missouri (1951), de William A. Wellman, con Clark Gable encarnando un trampero, la india amorosa fue Mª Elena Marques, el indio violento por la irrupción del blanco en su tierra, Ricardo Montalbán, o Pacto de honor (1955), de Andre de Toth, con un Kirk Douglas ejerciendo de productor progresista enfrentado a unos mugrientos colonos todo por una india singular, en un papel compuesto para la modelo italiana Elsa Martinelli. La película deja claro que Kirk, como también era de los que cuando besaba besada de verdad, con la boca abierta, o al menos así recuerdo que me lo demostró con unas buenas ilustraciones mi amigo "Juan el corto", un especialista que guardaba una colección de fotos de besos de cine, algo que entre el código Hays y la censura de aquí, la local incluida porque se daban casos de párrocos que consentían un "tolerado para menores" con condición de cortar ese tipo de escenas.

Esta es una época en la historia del género en el que western que asume posiciones sobre cuestiones como el antirracismo, y que rehace su existencia con un interés añadido de orden estético, sociológico, moral, psicológico, político, en incluso erótico. Es una época en la una temática en principio tan primaria como la del Oeste --la exaltación de la colonización interior en Norteamérica-- se ofrece como marco de conflictos de orden social humanista que tradicionalmente no era propio del género, aunque la verdad es que, por lo general, el cine había dotado al hombre del Oeste de notables atributos morales como la lealtad y la generosidad como elementos materiales. Entonces demuestra una capacidad de metáfora social en películas como Raíces profundas, donde los héroes de verdad se hacen con el trabajo y el esfuerzo colectivo, dando la cara contra los poderosos y sus matones (!Oh, Jack Palance, que producía atracción y repulsión¡), o en Solo ante el peligro (1952) , donde Gary Cooper representa la dignidad perdida de una comunidad acomodada y acobardada, una historia servida por Fred Zinnemann que, bien, mirado, no estaba tan lejos de la nuestra a unos pasos aunque los que habían hecho como Gary Cooper estaban bajo tierra o en el exilio. John Wayne consideraba que eso era lo más antiamericano que podía haber, porque un sheriff tenía que cumplir su trabajo en cualquier circunstancia, como si en la vida pudiera ser tan sencillo como en Río Bravo. Para mí estos dilemas tenían caras y nombres conocidos, y me remitía a un axioma tan repetido como aceptado, y según el cual el pez grande siempre se come al chico. Pero el ser lleva siglos tratando de liberarse de su condición animal.

Los sesenta significaron algo así como el canto del cisne del género. En esta década John Ford, Howard Hawks, Raoul Walhs, John Sturges, Henry Hathaway, etc., realizan sus últimas películas, en buena parte con un John Wayne que había ganado saber hacer con los años, y que acabó convirtiéndose en su actor más paradigmático. En este tiempo, Wayne trabajó junto con otros grandes ya en decadencia como James Stewart, Kirk Douglas, Ben Johnson, Robert Mitchum, Rock Hudson, Dean Marin, William Holden, Richard Widmark, Howard Keel, Laureen Bacall, etc. Al final de una trayectoria muy dilatada, que comenzó al final del cine mudo con La gran jornada, se revalidó a finales de los años treinta con la maravilla de La diligencia, y no se afianzó hasta el final de la década siguiente, con Río Rojo, Wayne comenzó una lenta agonía al compás de la muerte del género, en una suerte de epilogo con una serie de títulos dirigidos por nuevos "especialistas" como Andrew McLaglen, hijo del inolvidable grandullón de tantos "westerns" de John Ford, Burt Kennedy, y otros, así hasta que Donald Siegel filmó su singular epitafio con El último pistolero (The sootist, USA, 1976), que contenía un prólogo "biográfico" del personaje gracias a una composición de sus viejas películas. Entre los secundarios de lujo de esta película-despedida cabe registrar la presencia de actores tan soberbios como Richard Boone --que estuvo tan impresionante como el mejor Wayne en Río Conchos--, o como John Carradine, que, entre un centenar de interpretaciones más, fue el "caballero de del sur" de La diligencia, así como el traidor que mató a Jesse James en la versión de Henry King (1940) con Tyrone Power y Henry Fonda. Lástima porque la última película de Wayne, ya no estaba a su altura.

Luego, Hollywood inició una profunda decadencia. Cerraron los estudios, se impuso la banalización televisiva, cerraron la mayoría de cines, etc. Pero ya hablaremos más delante de todo esto.

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