El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

domingo, 23 de noviembre de 2008

Por qué el caballo es importante

El Confidencial Digital - Madrid,Spain

Caballos y caballeros – Equitación y educación – Por qué el caballo es importante


…es posible pensar que la relación de un hombre con su caballo será siempre de mayor intimidad que la relación de un hombre con su Ferrari…

La pintura nació en Altamira sin pecado original. Ya entonces, en la madrugada de la historia, alguien acercó un tizón a la pared y dibujó un caballo. Es posible pensar que la relación de un hombre con su caballo será siempre de mayor intimidad que la relación de un hombre con su ferrari. Es por esto que al caballo se le ponen nombres: damos nombre a lo que queremos, o le otorgamos un apelativo, como si nombrar fuera establecer un vínculo de propiedad afectiva. Entre otras cosas, el hombre ha empleado al caballo –en el arma de caballería- para cargar juntos y juntos herir o morir: ‘también mueren caballos en combate’, dirá Mesanza, en verso aún joven pero que ya se va volviendo lapidario. Esa es una relación que une bastante. Han sido ciertamente muchos los animales útiles a los ejércitos: camellos, palomas, elefantes, perros, e incluso hay algún gato condecorado por el ejército británico. Los reyes posaban con caballos mientras que el posado con gatos quedaba reservado a los cardenales. Los Habsburgo se hicieron también retratar con perros porque el gusto por los perros es una costumbre germánica muy consolidada.

En el atardecer de Mühlberg, Carlos V a caballo es la mayor representación de la política como acción y como grandeza. Siglos después, Napoleón se haría retratar a lomos de Jornalero, cruzando los Alpes y pisando sobre la roca el nombre de Aníbal. En realidad, se sabe que Napoleón cruzó los Alpes a lomos de un asno y no sobre el soberbio caballo español que le regaló Carlos IV. Los caballos españoles y lusitanos han sido la raza animal más valorada y más exportada, la más cuidada en la península Ibérica: siglos y siglos de mejora genética a cargo de la paciencia de los monjes o –como en Portugal- a cargo de la propia corona. Soy consciente de todo lo que se dice en contra del caballo español como puramente ornamental y no soy experto para tener una opinión: pese a todo, el valor de la raza está ahí, sólo comparable en su estima y su selección a la oveja merina que hoy puebla el mundo y que llegó a ser activo estratégico del Estado. Por comparación, el cerdo ibérico es un haz de razas que prácticamente nadie se ha encargado de mejorar –era la Providencia la que hacía los jamones.

Cualquiera que haya montado a caballo sabe que el mundo se ve desde otra altura. Durante un tiempo me entretuve en escribir una carta para la educación de mis muy jóvenes sobrinos. Dejé la carta cuando supe que en realidad no tenía mucho que decir. Aun así, les recomendaba varias cosas: nociones de solfeo, audiciones de música, una familiaridad con los maestros de la pintura y la poesía, bailar digna aunque no profesionalmente, francés, latín y caballo. Son postulados antiguos pero tan efectivos que han funcionado desde siempre. La educación de los hombres es exactamente una doma –una repetición de ejercicios hasta su recreación natural. Es un esfuerzo sostenido, difícil, siempre susceptible de mejora y por tanto siempre necesitado de nueva aplicación, mezcla de la técnica y el no sé qué del arte, con el ingrediente fundamental del tiempo. Las distintas maneras de domar a los caballos son una obra colectiva de envergadura absolutamente admirable, la aplicación más perfecta a una función, sea el manejo de ganado o el lucimiento ante un auditorio en aprovechamiento de las posibilidades físicas del animal. El propio hecho de montar es también absolutamente educativo: no sé de otra actividad que, de alguna manera, dé una noción tan real del respeto, la conciencia y las posibilidades de nuestro cuerpo. Queda en nosotros imperceptiblemente; por eso es una educación. Ocurre asimismo algo en verdad muy formativo: el trato con animales humaniza.

El imaginario del caballo es tan amplio como su realidad. Había una compunción verdadera en tanto caballo desventrado en las antiguas plazas de toros: al fin y al cabo, a los caballos se les ha aplicado una eugenesia tan extrema que su condición noble o plebeya es del todo veraz. El caballero recibió la bendición de San Bernardo para ir a las cruzadas: la caballería podía ser el festejo exhibicionista y masculino de los torneos en una Edad Media de trovadores, músicas y juegos de ajedrez como muestra el Codex Manesse, o bien podía ser interpretada la caballería a lo divino. El caballero busca el artificio de lo heroico: hoy estamos lejísimos de estos postulados, pero él vivía de su honra para llegar a la fama. Sí, es algo que fácilmente podía leerse a lo divino, si sustituimos la honra por la virtud y la fama por la santidad. San Jorge a caballo vence al dragón y será patrón de mil y una ciudades de la vieja Europa. El paradigma del caballero alimentó más a Europa que el paradigma del héroe clásico. El sentido de lealtad como código de honor del caballero lo hizo del todo contiguo a la nobleza como mérito de conducta. Aun sin esta inspiración -una construcción del espíritu-, en verdad puede decirse que hace mucho que en Europa se perdió el actuar por 'sentimiento de lo debido'.

No siempre se ha hecho un heroísmo del caballo. Hoy vemos a los reyes más aficionados a los yates. El príncipe Carlos dejó definitivamente el polo, deporte extenuante para jinete y cabalgadura. Había una manera de medir la importancia de las ciudades por su número de estatuas ecuestres: no sé si en Madrid hay seis o siete; por vivir cerca de tres de ellas, siempre me ha dado por imaginar que Espartero, Martínez Campos y Alfonso XII descabalgaban a la noche para tomar algo juntos y que sus caballos pastaban en algún parterre del Retiro. La representación a caballo no sólo ha sido masculina: Catalina la Grande se hizo retratar repetidamente a lomos de un caballo tordo que –es muy curioso- montaba a horcajadas y no a la amazona. Federico I de Wüttemberg, alias Federico el Gordo, era hombre tan ventrudo que no pudo montar para ser retratado. La pintura de costumbres italiana tampoco será heroica, mostrando sólo a jinetes en plena ‘passeggiata’ de propósito cortés. Los italianos no cambian; desde luego, sabían que un hombre a caballo era simplemente más. Hoy se suben a unos gucci.

Como fuere, montar a caballo siempre ha tenido que ver con la hombría de acción por oposición al trabajo intelectual. Montar o cazar, volver a casa y mecer un whisky junto al fuego: sin duda no es lo mismo que ir a una cruzada pero lo ahorrado en heroísmo se gana en los placeres del ‘gentleman farmer’. Como tantas personas dedicadas a trabajos levemente vagorosos o intelectuales, la apelación a la acción es algo que uno siente casi a diario pero qué hombre puede ser todos los hombres. Con todo, he reservado la mejor parte de mi envidia a los hombres capaces de domar caballos, y más concretamente he reservado la mejor parte de mi admiración al maestro Nuno de Oliveira, cuya misión vital era enseñar a montar caballos ‘como Dios quiere que se monten’. Sus reflexiones sobre el arte ecuestre tienen hasta la capacidad de consolar pues dice que es bueno que las riendas no se cuarteen pero que tampoco cojan polvo nuestros libros. Sus fotos a caballo –con ese pecho prominente del jinete clásico- son una silueta de elegancia verdaderamente superior. Por supuesto, no era nada natural: se levantaba a montar a las cinco de la mañana, cada día. Los hombres excelsos han sido los de pasiones y no los de aficiones.

El caballo también ha dado pie a hondos simbolismos estudiados por Jung y los demás: animal ctónico- funerario, psicopompo, clarividente, heraldo de la muerte o representante de deseos exaltados. Quizá quiera decir que todos llevamos por dentro un caballo que relincha. Jung, concretamente, lo ve como ‘la madre en nosotros’ y simbólico de fuerzas inferiores. El grabado de Durero –El caballero, la muerte y el diablo- ha dado pie a todo tipo de interpretaciones y obsesiones. De todo esto lo que queda es algo en verdad muy llano: la herradura como símbolo de la buena suerte.

En realidad, el caballo adquiere su mayor fuerza simbólica como pasión bajo control: Rubens pintó por lo menos tres o cuatro raptos mitológicos; en uno de ellos, Cástor y Pólux raptan a las hijas de Leucipo. El rapto no era, ciertamente, un preliminar de paz conyugal pero luego resultaron ser maridos modélicos, excelentes: en el cuadro, por detrás de ellos, Cupido sujeta al caballo como la sujeción de la pasión al orden superior del amor. En otro orden de cosas, no sé qué diría Jung, pero es totalmente cierto que a muchos hombres con contacto diario con caballos se les termina quedando cara de caballo, quizá por la misma razón por la que algunos jardineros tienen manos verdes.

La pintura de caballos ha sido siempre uno de los mayores riesgos técnicos para los pintores: cuestión de anatomía, de movimiento, de estática, de diálogo y acoplamiento entre jinete y cabalgadura. Igual que hay grandes fracasos ha llegado a haber una pintura de caballos como género propio: días atrás, en la National Gallery, tuve ocasión de ver el famoso Whistlejacket del no menos famoso pintor de caballos George Stubbs, quien al parecer dedicó muchos años de su formación al estudio de la noble anatomía ecuestre. Al siglo siguiente le seguiría, en Francia, Alfred de Dreux, quizá el más eminente ‘peintre animalier’, y prodigioso caballista él mismo, que con enorme gasto se hacía traer purasangres de Inglaterra para montarlos cada mañana por el Bois de Boulogne. Aquel París del XIX iba a fundar sus hipódromos y de Dreux nos legó imágenes de amazonas suavemente idealizadas. Ya hemos pasado del heroísmo a la burguesía. De Dreux mantendría una cierta relación con Delacroix, quien con su Oficial, nos ha dado uno de los cuadros de motivo ecuestre de mayor presencia y mérito. El oficial de caballería se vuelve hacia a sus tropas: según Jules Michelet, ‘se gira hacia nosotros y piensa que esta vez, seguramente, va a morir’.


Ignacio Peyró es crítico de Arte, traductor y periodista
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