El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

viernes, 9 de enero de 2009

Dos hombres, una vieja rencilla y un revólver cargado por el diablo

La Capital (Rosario) - Rosario,Santa Fe,Argentina

El hipódromo de Tregnaghi, que Seco Encina no habilitaba, parece ser uno de los grandes desencadenantes de la tragedia. (Foto: N. Juncos)

Vera (enviado especial).— La tristeza es grande en Vera, un pueblo sin edificios y calles sin asfaltar. El lunes pasado, a las 13, había un intendente “paternal y caudillo democrático” para algunos, “soberbio y autoritario” para otros. A las 13.15, Raúl Seco Encina, 43 años, entraba a un programa de televisión; a las 13.30, Héctor Tregnaghi, don Héctor, el “Gallego”, 56 años, empresario diverso, disparó su Smith & Wesson 38. A las 14.30 Seco murió. A nueve kilómetros de Vera hay un paredón pintado, “Seco Encina intendente”. Es de una elección pasada y hoy es un epitafio.
   En el monótono tiempo de Vera, entre miradas y motitos por la calle principal, se habla mucho. A una semana del crimen cada hipótesis es creíble. “Fue un crimen político, eso piensa mi grupo de trabajo, yo no lo creo tanto”, desliza Ricardo Musso, secretario de Prensa municipal.
   “El Gallego no se bancaba más los aprietes del enano Seco, no le hizo el camino del frigorífico, no le habilitó el hipódromo” cuenta un secretario de Tregnaghi. “Esto se va acabar cuando lo cague de un tiro”. Las palabras de odio las dijo el matador a un amigo el fin de semana anterior.

Unos y otros. Vera tiene 23 mil habitantes, índices de miseria que espantan, “casi todos” son empleados públicos, y esperan. Que el tiempo pase esperan. Hay clubes, bares escondidos en las esquinas, otros clubes más alejados de la avenida San Martín, la única totalmente asfaltada. Está “Los compadres” y el club social. Dicen que tanto en un lugar como otro se han perdido “mujeres, fortunas y autos”. Tregnaghi no jugaba, o lo hacía poco, Seco jugaba fuerte por el poder político, pero no le interesaban los naipes.
   En 2003 “Héctor se mete en política. Venía de tener un campo, puso un frigorífico, lo cerró y abrió un hipódromo, lo inauguramos en 2005 y anduvimos bien. Pero Seco no nos habilitaba”, dice Mario Aguirre, un secretario de “don Héctor”.
   Tregnaghi perdió feo en 2003, en 2007 insistió con una lista peronista “bancada por Obeid”, y le fue mejor. Seco Encina retuvo la Intendencia por 240 votos e inició su cuarto mandato.
   Pero los colaboradores más cercanos del candidato vencido desprenden esto del crimen. “El ya no quería saber nada con eso, siempre decía «con la política perdí mucha plata, eso ya fue»”, dicen.
   El otro, Seco, “era un tipazo, llevaba 14 años como intendente y sólo tenía un auto viejo, una casa pagada con un crédito y no le gustaba nada, solamente trabajar por Vera. Rechazó dos diputaciones provinciales y una nacional. No comía al mediodía, trabajaba”, dicen quienes lo querían más. Los sucesores.
   Ellos hablan de una forma de hacer política. “Todos los 24 a la noche, desde hacía ocho años, juntábamos unas 1.500 personas en un club, les dábamos de comer y juguetes para los chicos. Raúl iba con su familia, pasaba la Navidad con la gente, era mejor que darles una caja navideña”... la intemperie humana conocía de los gestos de Seco. Este año no hubo regalos. La familia Seco Encina no habla, la familia Tregnaghi tampoco.
   Aguirre, en tanto, recuerda los tiempos del hipódromo, del que llevaba los papeles. “Llegó a haber 6 mil personas”. La recta es de 400 metros al disco, con quinchos, baños y gradas, “hay mucha plata puesta acá, y Seco lo fundió”. En el hipódromo se remataron potrillos, se hicieron reuniones mensuales y, según los cálculos, “se llegó a recaudar un millón de pesos”. Y el mito crece en las calles de Vera.
    Musso no dice lo mismo. “A este hombre se lo ayudó, se le gestionaron créditos blandos de la Nación para el frigorífico, una vez nos llamaron del banco para decirnos que no se lo iban a dar, se había peleado con el gerente. Nos costó mucho que le habilitaran una carpeta, era violento, un arrebatado”.

En la tarde de Vera. A la hora de la siesta Vera se silencia, sobran cielo y sol en todos los rincones. El careo entre Tregnaghi y los testigos se hizo el viernes al mediodía. “Si te hubiera querido matar te mato, no quise hacerlo”, le dijo Héctor a Musso. Horas antes había llorado en la celda de la UR XIX, donde está detenido. En la puerta de la alcaidía lo espera su EcoSport amarilla, y en su casa su hijo de 14 años y su mujer. Tal vez lo esperen mucho tiempo.
   “Me empujaste y sacaste al arma, tiraste de cerca”, dijo Musso. “Vi uno que me agarró, no vi nada más” dijo Tregnaghi. En la indagatoria del 24 frente al juez Oscar Silva, el matador contó: “Me perseguía, no me asfaltó el camino del frigorífico, no me habilitó el hipódromo, me jodía”. Y enumeró cada molestia.
   La mujer de Seco lloraba esa mañana. El padre del muerto es policía y quiere hacer justicia por mano propia. “Hay que esperar que todo pase, hay que pacificar”, dicen los amigos del “gallego” y los de Raúl, en eso están de acuerdo.
   Pero en las tardes verenses todo se adivina, y si no, se inventa. “La ciudad está abandonada, no hay cloacas, que en su momento se pagaron”, “¿que hizo Seco con la plata?”, “tanto anunció, ni siquiera se hizo la plaza”, “el lío viene ahora, no se sabe qué va a pasar con los testaferros”, dicen voces que se cuelan en las cortas calles polvorientas de Vera.
    Para la gente del municipio “se arregló Vera, cuando asumimos se recolectaba la basura en carro, no había ni una cloaca, ni luz, era un abandono. Pavimentamos, le cambiamos la cara al pueblo y Raúl decía que faltaba mucho por hacer, por eso no se quería ir”, cuentan.
   “Tregnaghi era altanero y loco, no sé si violento, pero se imponía”; “estaba acostumbrado a tratar con la gente del campo, tenía doble personalidad”... distintas voces y distintas palabras frente a un mismo crimen.

La fría cronología final. El 21 de octubre comenzaron los trámites para que el municipio habilitara el hipódromo, del 31 de octubre al 24 de noviembre se sucedieron cartas, rechazos, notas a Fiscalía de Estado. “¿Por qué no me habilita?” preguntaba don Héctor. El sinuoso camino de bronca y burocracia se mezclaba. “La tiene conmigo”, vociferaba Tregnaghi.
   Musso dice que para el hipódromo “La ilusión” no se presentó nada. El expediente 838/ 2008 recibido en mesa de entradas el 11/12/08 lo desmiente. “Todo está presentado” asegura el gestor convencido.
    Tregnaghi es de Calachaquí, a 40 kilómetros de Vera, de joven se trasladó a “La Cigüeña”, con su padre y compraron campo, se crió vendiendo cueros, depostando vacas y con un hábito campero, el 38 en la cintura.
    “Estaba cansado. Acá la gente grande usa mucho el revólver, pero eso no quiere decir que vaya a matar a nadie”, dice Elvio Dalla Fontana, un avezado abogado de Calchaquí que junto a su hija defienden a Tregnaghi. “No fue un crimen político, fue una locura”, dice
   La abogada cuenta que su padre le pidió presenciar el careo. “Decían que Tregnaghi estaba deprimido, pero lo vi bien, él dijo que no vio a nadie de los que son testigos, que no lo fue a buscar, que justo pasó y lo vio, que bajó para decirle «¿hasta cuándo me vas a seguir cagando?», y que el otro se rió”. Y se apura: “El dice que no tenía intención de matarlo”. Pero Dalla Fontana sostiene que “esta semana Tregnaghi estuvo muy mal, tomó conciencia de lo que hizo. El hombre estaba alterado emocionalmente, se le hizo una pericia y si se encuadra en emoción violenta lo evaluaremos, nadie mata fríamente”, dice el abogado. Y arriesga: “El dice que si lo hubiera planificado le pagaba a unos monos para que lo mataran. «No lo quise matar; si no, le descargaba el cargador»”, comentó el abogado que le dijo el asesino.
   Encina tuvo una carnicería de muy joven, luego fue a la Cosvel, la cooperativa de servicios de Vera, después fue concejal, y por último intendente. “Un político intachable y decente”, aseguran sus amigos. “Siempre fue político, no se le conoce actividad lucrativa, y de plata andaba bien”, dicen sus detractores.
   Para el domingo pasado don Héctor tenía preparada una reunión hípica, calculaba 3 mil o 4 mil personas. La entrada de 20 pesos era para un colegio, el recaudado por bufet y remates eran para él. Tiene deudas y pensaba salvarse con esas carreras. La noche del sábado le avisaron que no tenía habilitación y que la policía le iba a impedir el evento. Cambió el lugar por una pista de cuadreras en Margarita, a 20 kilómetros. Fue poca gente y los números no dieron.
   El lunes Seco fue al canal a hablar de las obras de este año y del “problema” del hipódromo. Se cruzaron, o los cruzó el diablo, que andaba suelto en Vera y tomó la forma de un 38. “Uno está muerto en vida, el otro enterrado, ahora hay que ver cómo se sale de la tragedia”, dice un hombre de la noche en un bar de Vera y mira fijo hacia las mesas de póquer.
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