El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

miércoles, 18 de febrero de 2009

"Don Carancho" y los caballos robados

Lanacion.com (Argentina) - Argentina

Rincón gaucho

Por Roberto L. Elissalde
Para LA NACION

Don Vicente González nació en Montevideo y sus primeras acciones fueron durante las invasiones británicas, luego sirvió en las milicias de frontera en Luján para finalmente incorporarse a los hombres que acompañaron a don Juan Manuel de Rosas. Hombre fiel al extremo al Restaurador, fue conocido con el sobrenombre de "Carancho del Monte", pintoresco mote por su cara larga y descarnada y la nariz puntiaguda y encorvada, enmarcada por ojos vivos y penetrantes. El apodo no lo molestó al extremo que algunos respetuosamente lo llamaban "Don Carancho". Una noticia publicada en un diario de la época (septiembre de 1833) nos trae un interesante episodio sobre una exacción de caballos.

A don Miguel Cascallares dueño de una estancia a pocas leguas de la ciudad le desaparecieron dos manadas de yeguarizos. Poco tiempo después del robo le llegaron a la querencia tres o cuatro caballos con una oreja despuntada, señal que se daba a los caballos que se destinaban al servicio oficial. No le quedó duda alguna a don Miguel que sus manadas habían caído bajo las garras del Carancho. Se presentó en la Guardia del Monte, y efectivamente González reconoció que le propusieron la venta de unos caballos y los había comprado y patriado al momento, Cascallares adujo que su marca era conocida por todos, incluso por don Vicente, que tal proceder podía hacerlo acreedor a las penas que las leyes determinaban sobre la compra de cosas robadas. Pero la perorata no sirvió de nada y adujo con habilidad que no estaba obligado a examinar marcas, que el vendedor era un desconocido y que no podía cobrar lo que había entregado por los caballos.

Cascallares optó por retirarse pero a poca distancia de la casa del Carancho, vio cuatro caballos que eran de los robados y notó que no habían sido patriados como los demás; eran los mejores y los había separado para su persona. Volvió sobre sus pasos y exigió la devolución ya que no entraban en el número de los vendidos porque conservaban sus dos orejas. González sereno y arrogante se los devolvió, para probarle que era su amigo. Sin embargo al mes siguiente en octubre de 1833 la fortuna le sería adversa. Comisionó a un paisano "tan bueno como él" para que saliese a la rejunta por las estancias inmediatas ofreciéndole pagar cuatro pesos cada uno. El enviado regresó de noche para decirle que ya estaban los caballos. ¿Cuántos son? preguntó el Carancho, treinta y cinco señor, le respondió el paisano. Pasaron luego a patriarlos en el acto, porque al día siguiente podían salir reclamantes como había sucedido con Cascallares y otros. El paisano recibió su paga y se marchó, y don Vicente quedó contento con la compra. Al día siguiente bien temprano uno de los peones le preguntó: "¿Quién ha patriado sus caballos?" "¿Cómo mis caballos?, contestó. "Sí, sí, unos caballos de usted que están en el corral..."

Fueron y lo primero que encontraron fue una manada de veintitantos caballos gordos de su estimación, que habían venido entre los treinta y cinco comprados la noche anterior y que estaban con una oreja menos. Buscó en el acto al paisano, pero éste ya andaba lejos y a salvo.

Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe, y no caben dudas de que nunca falta un roto para un descosido.


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