Era un hipódromo, parecía un mapamundi, un aeropuerto internacional. San Isidro, con su Carlos Pellegrini, fue ayer el ombligo del mundo hípico. Argentinos, uruguayos, peruanos, brasileños, chilenos, franceses, irlandeses, norteamericanos, alemanes, turcos, italianos en las tribunas. Burreros de toda la vida y debutantes. Artistas y políticos, como el gobernador bonaerense, Daniel Scioli. Fiesta del glamour, pasarela de la moda. Capelinas y gorras. Champagne y gaseosas. Tacos altos y zapatillas.
La fiesta más importante del turf sudamericano, al cual asistieron casi 65.000 personas, fue un espectáculo un acontecimiento social. Fue, además, un evento solidario para un grupo de entidades de bien público, como Fundaleu, el Hospital de Clínicas, el Fernández y el de San Isidro, que aprovecharon para recaudar fondos para sus nobles causas.
Bruno Quintana, el presidente del Jockey Club, deseaba que este Pellegrini fuera histórico. Lo fue, incluso, desde el punto de vista tecnológico, con dos enormes pantallas ubicadas frente a la pista, y nuevos ángulos desde donde televisar las carreras.
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