El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

viernes, 22 de agosto de 2008

Pasión por los hipódromos

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Argentina - Una de las grandes pasiones argentinas, mucho antes de que el fútbol diera las primeras alegrías mundialistas, es sin lugar a dudas, el turf.
Basta con hacer una recorrida por la Avenida Del Libertador en un día de carreras, para comprobar que el entusiasmo porteño por las apuestas hípicas aún continúa. En Argentina, hay tres grandes circos hípicos que concentran toda la atención de los aficionados: el Hipódromo Argentino de Palermo, el de San Isidro y el de la ciudad de La Plata. También en casi todas las grandes ciudades del interior hay hipódromos, y en pueblos más alejados todavía se corren carreras “cuadreras”, el primer antecedente autóctono, llamada así porqué la distancia es de dos o tres cuadras en recta -cada cuadra representan 100 metros. Los hipódromos están considerados entre los mejores del mundo, y los ejemplares argentinos, de la raza Sangre Pura de Carrera (SPC). sólo son superados en calidad por los de Estados Unidos. Nacen unos 6.000 SPC por año y su valor es de 30.000 pesos promedio (aproximadamente 10.000 dólares Americanos), y cifras mayores por los campeones. Grandes Jeques árabes llegan a Buenos Aires con el propósito de adquirir los más valiosos ejemplares como padrillos o para hacerlos correr en el cotizadisimo hipódromo de Dubai, en los Emiratos Arabes.
Varios presidentes argentinos visitaron los hipódromos nacionales y palpitaron de cerca las instancias de algún Gran Premio: Julio A, Roca, José Figueroa Alcorta, Carlos Pellegrini, Hipólito Irogoyen, M. T. de Alvear, Ramón Castillo, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsin y Carlos Menem. Pero Carlos Gardél hizo del Turf una auténtica pasión Argentina. Fue propietario de nueve caballos a lo largo de su vida, que corrieron con sus colores distintivos: chaquetilla blanca, mangas turquesas y gorra color oro. El mejor de todos se llamó “Lunático” y actuó entre 1925 y 1929. El más inolvidable de sus tangos con motivo turfístico es “por una cabeza”, que ofrece un paralelismo entre los fervores contrariados del hipódromo y los del amor, Pero también “Leguizamo Solo”, un homenaje a su hockey y amigo, Irineo Leguisamo, que es toda una leyenda.
Fuente: eldiario - Aldo Cantero
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