El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

miércoles, 8 de octubre de 2008

El Gran Arreo

APP - Buenos Aires,Argentina



/Por Pedro Dobrée


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28/09/08 | (APP) Salieron de Fortín Conesa el 18 de Setiembre de 1887. Recién amanecía y el gran monstruo de lana blanca que copiaba las irregularidades del terreno de una enorme extensión, se puso lentamente en movimiento hacia el sur, en un viaje que habría de durar cerca de 2 años. En el amanecer frío, los hombres, cuyas siluetas apenas se adivinaban sobre sus caballos, sabían que iniciaban un largo trayecto de sacrificios y esfuerzos, de peligros y carencias, pero también sabían que si eran exitosos, tendrían como premio estar entre los protagonistas principales del desarrollo de una región cuyo destino era tener un lugar en el mundo.
El monstruo se desplazaba con ruido de balidos de madres que buscaban sus corderos perdidos, de ladridos de perros, de gritos de hombres y relinchar de caballos. Los primeros rayos del sol iluminaban las nubes de polvo que levantaban miles de pezuñas, dejando a su paso la rastrillada del arreo.
Epopeya de norte a sur
No fueron los únicos. En 1885 el Mayor Laciar y el Sargento Crespo, arriaron 2.500 ovejas y 100 vacunos de Conesa al Deseado y en el 87 los hermanos Rudd llegaron hasta el río Gallegos, partiendo del mismo lugar. Más tarde, en el 91, Willam Hope primero y Enrique Batanchón después, encabezaron dos arreos con grandes dificultades. Finalmente en 1892, los hermanos Smith, pobladores del valle del Coyle, arriaron caballos desde el río Negro y ovejas desde el Chubut. Pero ninguno, como ellos, lograron mantener entera la majada ni pudieron finalizar tan exitosamente su largo camino. Es por esto que por muchos años después, la gente vieja los seguían identificando con la epopeya del Gran Arreo.
Enrique “Harry” Jamieson, Tomás Saunders, Mac Lean y Juan Hamilton eran 4 nuevos pobladores del Territorio Nacional de Santa Cruz, atraídos desde las Islas Malvinas por la palabra entusiasta del Gobernador Moyano. Habían llegado al Valle Inferior del río Negro en la busca de ovejas y caballos para fundar las enormes majadas de la región continental más austral de la Argentina.
Las Islas Malvinas, parte de la historia
Todos ellos con la sangre sufrida de los escoceses. Todos ellos, con excepción de Jamieson, habían sido ovejeros en las Malvinas. Atraídos por la política colonizadora del gobierno argentino, habían cruzado con sus familias al continente, para cumplir sus sueños pioneros de ser dueños de sus propias tierras.
Jamieson había nacido en Australia, unos 29 años atrás, en una familia más que numerosa. Decidió buscar nuevos aires en Argentina y se empleó en estancias de la zona de Necochea. Durante la Expedición al Desierto, el General Roca lo tuvo a su lado como baquiano y con él conoció el río Negro. A Santa Cruz llegó en 1884 y sus tierras allí -Moy Aike Grande- fueron, y lo siguen siendo, un centro difusor de las mejores lanas patagónicas
Hamilton había nacido en Escocia en 1860 y de muy joven emigró a las Malvinas. Soñando con tierras propias, escuchó el llamado del gobierno argentino y colonizó en Punta Loyola, un poco al sur del Puerto de Río Gallegos. El éxito económico de su emprendimiento le permitió más tarde comprar también tierras en las islas malvineras. Cien años después, durante la guerra entre Inglaterra y Argentina, la irracionalidad permanente de estos conflictos se manifestó en las amenazas a sus nietos por parte del gobierno argentino por la expropiación de sus tierras heredadas, con el argumento de que pertenecían a una familia inglesa. A la vez, en las islas, el gobierno inglés también amenazaba con expropiar sus otras tierras, por pertenecer a argentinos.
Un arreo de dos años
Saunders es reconocido como uno de los fundadores de la riqueza ovina del sur argentino y chileno. Juntos salieron con 5.000 ovejas y 500 caballos. Las ovejas fueron compradas en la zona de Viedma y Patagones. Los caballos habían sido adquiridos en las Sierras de Cura Malal, unas 30 leguas al norte de Bahía Blanca. Con ellos habrán viajado 15 a 20 perros, otros tantos caballos de montar, “pilcheros” y seguramente una carreta.
Querían llegar a Río Gallegos, a más de 1.500 kilómetros por el desierto, con poco pasto y menos agua. Sabían que iban a tardar 2 años en llegar. Sabían que deberían enfrentar inviernos en el camino, con su frío intenso, el viento huracanado, la nieve que se amontona en los cañadones y las heladas que pegan a una oveja con otra, luego de dormir juntas con la lana cargada de humedad.
También sabían de los grandes ríos que cada tanto cruzaban el desierto infinito. El río Chubut, el río Chico, el Santa Cruz, El Coyle y el Gallegos. Sabían del frío de sus aguas y la traición de sus correntadas, de sus crecidas en primavera y verano, de sus orillas frecuentemente inaccesibles.
Sabían del desierto, de los días que deberían pasar sin agua, con el polvo del arreo en sus narices y sus gargantas. De la ausencia de mapas. De la necesidad de seguir rastrilladas de indios o de recordar los imprecisos comentarios de los viajeros que, por razones científicas o militares, habían transitado las tierras que ahora cruzaban ellos.
Con uno de ellos se encontraron. Carlos Burmeister, viajero por encargo del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, los encontró en el verano de 1889 próximos al lago Musters, cerca del límite sur del Chubut; se avistaron de nuevo, dos meses mas tarde y 95 leguas más al sur, al noroeste de San Julián. En esta oportunidad el nuevo encuentro fue providencial, pues el científico les indicó la localización de aguadas, salvando así a la enorme majada de la muerte.
Cuando viajaban entre Puerto Madryn y el valle del río Chubut, se habrán sorprendido con la vista del ferrocarril. Éste, recién inaugurado, permitía a los colonos galeses transportar desde Trelew y hacia el mar, la producción de un valle que ya se había convertido en una colonia progresista y exitosa.
Habrán conocido la calidad de la producción de estos colonos galeses, que recibirían más tarde la noticia de haber ganado la Medalla de Oro al mejor trigo del mundo, en la Exposición Internacional de París de 1889. Se habrán sorprendido con los canales de riego, con las filas de álamos que bordeaban las chacras productoras de alfalfa, centeno y cebada. Y con las prolijas iglesias, las pulcras viviendas y la música de los coros en donde toda la colonia cantaba.
Los mayores obstáculos
De todos los ríos que debieron cruzar, el más bravío y traicionero, y el de mayor caudal, fue el Santa Cruz. Lo cruzaron en la Isla Pavón, donde desde hacía años estaba instalada la factoría de Piedrabuena, administrada en esos tiempos por su cuñado Juan Richmond. Allí habrán contado con Gregorio Ibañez, maragato, llegado a la zona con su patrón y convecino. Había instalado un bote con el cual colaboraba con el cruce del río de bienes y personas, uniendo el incipiente Puerto Santa Cruz con su “interland” que había comenzado a crecer. Se habrán refugiado en las pocas casas que tenía en ese entonces Paso Ibañez - o simplemente El Paso para los lugareños - y que sólo muchos años mas tarde se llamó Comandante Luis Piedrabuena.
En el viaje debieron esquilar la gran majada, retener la marcha mientras las ovejas madres estaban en parición - lo que les permitió llegar con la cantidad inicial de ovejas aumentadas en un 50 % - y suspender el tránsito en invierno por la imposibilidad de avanzar con la nieve hasta las verijas de los caballos.
Se habrán sorprendido con los troncos petrificados de Jaramillo, con el desierto de sal de El Gualicho, con las bellezas del valle del río Chico, con las bardas azules en los horizontes y con los atardeceres rosados del verano. Habrán mordido polvo y bosta de oveja por días y meses, cerrado los ojos ante el implacable viento del oeste, tiritado de frío en la nieve, auxiliando animales que querían morir para no tener que caminar más. Pero cumplieron su sueño y ayudaron a construir la riqueza de una Patagonia que logró, por la cantidad y calidad de sus lanas ovinas, el reconocimiento del mundo. (APP)

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