El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

domingo, 11 de enero de 2009

Árbol Genealógico

En memoria de Osvaldo Soriano,
con quien me animé a compartir varios de estos recuerdos
en una carta cuerva y emocionada,
cuando todo era Triste, Solitario y Final.
 
 
            Ficciones, anécdotas de la vida real, narraciones en primera o tercera persona. Viene entreverado como truco de ocho este asunto de los relatos que suelo arrimarle a la barra de TAG, gente que en un gesto de confianza me aceptó como colaborador sin leer mis tabuladas ni pedirme aprontes o partidas literarias.
            Hoy me permito compartir con ustedes algunos apuntes biográficos a propósito del día en que me puse a reflexionar de dónde me venía el gusto por los caballos y las carreras.
 
            Hasta el momento de comenzar a tramitar mi visa para el ingreso al país de la andante burrería, yo era un tipo futbolero en forma casi excluyente. Creo que tan temprano como me autorizó a comer acompañando el menú con un vaso de tinto con soda (el Negro Olmedo hablaba del Cabernet Pediátrico y del Borgoña Infantil), mi viejo me tomó de la mano para subir por primera vez los tablones del Viejo Gasómetro. Entre esos recuerdos que acarician el alma me veo de pibe, un mediodía de domingo en la cocina del fondo del llotivenco ante la fuente humeante de fideos con estofado, mientras en la radio Fandango (Oscar Casco) cuenta cómo les enseña a bailar el tango a reyes y princesas europeos. Cuando nuestra partida hacia la cancha sea inminente y mi vieja ya esté prepararando la ropa en función del tiempo, ensayaremos el chiste que no por repetido deja de hacernos reír. Yo, sabiendo la respuesta, le preguntaré a Roge –Cómo vamos a ir hasta la cancha? Él me responderá –Un poquito a pié y un poquito caminando. Y allá vamos. Corrales, Centenera, Cruz, Avenida La Plata. En el camino ensayaremos pequeñas escaramuzas de lucha, carreras hasta las esquinas o guerrillas con lo que nos ofrezcan las veredas: desde coquitos de paraíso hasta soretes de perro secos. Nos vamos acercando, crece el rumor del gentío y ya vamos hablando del partido. Largas colas se mueven sobre la avenida empedrada mientras espiamos que tan poblada está la popular. Una vez adentro, estaremos un rato pegados al alambrado, mirando de cerca el partido de tercera junto a la platea de vitalicios. El bombo y las banderas van marcando el aliento de la cuervada, que salta y hace flamear allá en lo alto la maraña de cables y los carteles de Vinos Carrodilla, Fernet Branca y Lapiceras Sylvapen. Por los altoparlantes se escucha el jingle de Proveeduría Deportiva y mientras vamos subiendo tablones arriba, la voz del estadio recita las formaciones titulares. Después, la fiesta de aquellas tardes inolvidables que el viejo Ciclón de Boedo les regaló a sus hinchas a fines de los sesenta y principios de los setenta. Ahí se queda por siempre mi imagen de niño asombrado, junto a ese carpintero flaco y de manos callosas que se hizo Cuervo ni bien llegado desde sus pagos de Nueve de Julio, a los cinco años.
Mi historia respecto del fútbol debe ser parecida a la de millones de hinchas, en cuanto a la tibieza de los recuerdos de infancia, allí donde se adquiere para siempre una determinada identidad, la adolescencia quizá lindante con el fanatismo y una etapa posterior más calma y reflexiva, aunque sin abandonar jamás esa pasión adquirida de pibe.
 
            Roge fue un gran jugador. Hoy que ando por los 40 todavía me cruzo con gente del barrio que me pregunta si soy el hijo del Gato. –Uh… cómo jugaba al fútbol tu viejo! Era 2, cuevero, fullback. Rapidísimo (quizá de allí el apodo que se había ganado), con buen manejo técnico y un cañón en el pié derecho. En épocas en las que hasta para jugar en un club de barrio había que hacer largas colas o buscar algún acomodo, a Roge lo vinieron a buscar dos veces a su casa directivos de San Lorenzo. Aún teniendo el visto bueno de su madre, no quiso ceñirse a la disciplina del profesionalismo ni siquiera en el club de sus amores y prefirió seguir siendo el mismo atorrante de siempre, jugando hasta cuatro desafíos por semana en equipos del barrio o con los muchachos de la fábrica, en canchas profesionales o potreros pelados entre cardos, piedras y vidrios, con botines o en patas. Pude verlo en acción en unos cuantos partidos de veteranos, donde comprobé que no exageraban para nada los que lo recordaban jugando a los veinte. Entre la neblina de los recuerdos sigo viendo como llega con tiempo a todos los cruces, como agarra una pelota de sobrepique afuera del área y saca limpitos dos ladrillos de una medianera, mientras un hincha vocifera desde atrás del arco –Grítenlo boludos, grítenlo que fue gol! Sigo escuchando a un delantero con algunas temporadas en primera decirle al cabo de un primer tiempo –Pero dejame agarrar una, flaco de mierda! Sigo viéndolo ya algo bichoco de la rodilla y con cincuenta y pico de pirulos a cuestas aceptar la propuesta de unos picados informales en la canchita de la sociedad de fomento para terminar jugando desafíos que nada tenían de amistosos con gente mucho más joven. En esos tiempos el físico ya no era el mismo pero la calidad seguía intacta, como para pedirla pasada en un córner y entrando por el vértice del área ponerla de rastrón en la base del palo opuesto, allá donde cagan las arañas.
 
De Roge heredé en forma directa el amor por la azulgrana y el fútbol, aunque no así la calidad para jugarlo. Entrando en la adolescencia apenas matizaba mi humilde militancia como hincha (digo humilde porque siempre tuve en claro que hinchas con mayúsculas son aquellos que van siempre, los imprescindibles, como diría Brecht) con algún interés por el boxeo y el automovilismo. Noches de boxeo profesional en el Luna o la Federación, y de boxeo amateur en Unidos de Pompeya. Y mañanas de domingo prendido a la radio siguiendo los grandes premios de Turismo Carretera cuando –adelantelavión adelantelaviooón!!– esperaba ansiosamente que la voz del Mono Gagliardi me contara desde las alturas el paso del Siete de Oros de Roberto Mouras por esas rutas del campo. Pero el interés máximo siempre lo tenía el fútbol, y así fue durante muchos años.
El Negro Fontanarrosa, voz con entidad para opinar de fútbol si las hay, dijo que la frase todo tiempo pasado fue mejor ya fue encontrada escrita en extraños caracteres sobre las paredes de las pirámides egipcias. Coincido con él a la hora de desconfiar de semejante sentencia, pero lo cierto es que un día, cansados de las perrerías dirigenciales, del negocio descarado y la violencia llegando a límites desconocidos, sin dejar de ser un par de cuervazos indisimulables ni  abandonar nuestro gusto por un deporte de belleza estética sin discusión, con una mezcla de bronca, tristeza y nostalgia fuimos espaciando nuestra asistencia a las canchas. Fuimos convirtiéndonos en hinchas de TV y radio, y cada cual por su lado, juntos o formando parte de una barra, visitábamos cada vez más seguido las tribunas de Palermo, donde nuevas pasiones esperaban. Hacía rato que desde el grabador Don Edmundo Rivero nos venía diciendo: Palermo, San Isidro, Los Eucaliptos / vení que está la papa / vas a saber / lo que es un biromista / y un arbolito / lo que es prenderse a un pingo / con cien y cien. / Tirate un lance / qué hacés en casa… / mirando fútbol, televisión / Legui, Saurito, Etchart y Ciafa / te fortifican el corazón… Y allá fuimos, los portones estaban abiertos.
 
            Las diferencias entre el ambiente de un estadio de fútbol y el del HP, dos ámbitos populares bien arraigados por estos lares, se podrían sintetizar en una anécdota que me llamó mucho la atención cuando apenas había empezado a caminar la perrera. Dos tipos están enfrascados en una dura discusión. Poco a poco van subiendo los decibeles hasta que casi llegan a gritarse. En ese momento un veterano que está a cierta distancia levanta a vista del diario, los mira y les dice –Che, vayan a la cancha!
            En nuestros estadios de fúbol, alambrados coronados con púas separan a los espectadores de los protagonistas. Cuando no fueron suficientes se los hizo más altos y hasta de otros materiales como el acrílico en las plateas, donde hay tantos o más energúmenos dispuestos a escupir o tirar piedras. En algunos también hay profundos fosos que limitan campo de juego y tribunas, aptos para que el día de mañana se puedan tirar una docena de yacarés, nunca se sabe. Ahora bien, en el HP, también suele haber multitudes poblando las gradas. Un día de Pellegrini, por ejemplo, cincuenta mil espectadores suelen estar en San Isidro. Y a diferencia del fútbol u otros deportes multitudinarios, esos cincuenta mil tipos no son sólo espectadores: están allí jugándose su plata, detalle nada menor. Entonces, qué separa a esas miles de personas de los protagonistas? Una verja de un metro de alto.
            Mientras se sigue revolviendo la olla con olor a podrido en donde hierven a un mismo tiempo dirigentes, barrabravas y policías, mientras sigue creciendo en forma insólita y vergonzosa la cantidad de muertos y heridos asistiendo a un espectáculo deportivo, en las inmediaciones y dentro de las canchas hay cada vez más vallas, patrulleros, leoneras, carros de asalto y cuerpos de elite armados como para la guerra.  Volviendo al HP, cuántos policías son afectados al operativo de seguridad un día de Gran Premio Nacional? Dos. Tres si algún cana se aburrió de cebar mate en la taquería.
            Ácido, impopular, pero agudo observador, Borges dijo alguna vez que tenía la impresión de que la gente iba a la cancha a ver ganar a su equipo, no a ver fútbol. Y algo de razón tenía. Hace mucho tiempo se instaló en el fútbol y en la sociedad toda el miserable concepto de que sólo sirven los que ganan, y ya casi no hay espacio para disfrutar de un buen partido al margen de las camisetas. Esa forma de entender las cosas vino para quedarse y desde ella todo se vuelve vulgar, desde los mezquinos espectáculos hasta la violencia desatada por el simple hecho de perder, pasando por los lamentables periodistas que el sistema va pariendo como una máquina de hacer chorizos. En ese aspecto el burrero también marca su diferencia: es capaz de perder sus últimos mangos en un final de medio pescuezo diciendo –Está bien, si me ganó éste está bien. O de aplaudir al que ganó un clásico en gran forma y pinta para triple corona mientras el depositario de sus ilusiones llega ganándole a la ambulancia.
            De a poco fuimos descubriendo todas estas diferencias. El HP no era el paraíso, al fin y al cabo ahí nomás estaba la puerta entreabierta para caer por el abismo del escolaso, y las mil y una sospechas de bombos, jeringas y trampas como un ingrediente natural de las carreras. Pero ya estábamos metidos en la apasionante danza del boleto a ganador, Don Edmundo nos seguía cantando: Prendete en un final / de bandera verde / si no te salva un pingo / quién lo va a hacer? / Tirate un lance / la suerte es loca / como la boca / de una mujer.
           
Un día se me dio por preguntar de dónde me venía ese gusto por las carreras y los caballos. Respecto del fútbol la cosa estaba muy clara, pero… y los yobacas?
No hay dudas. Si hay algo de fábrica, si algo viene por la sangre, heredé la burrería de mi abuelo materno, Cayetano, a quien no conocí. Tampoco conocí a mis abuelos paternos, aunque supongo que los temas referidos a los caballos no les serían ajenos ya que eran personas que en las primeras décadas del siglo veinte nacieron y vivieron en pueblos de campo: Nueve de Julio y Carlos Casares. Pero en el caso de Cayetano (Gaitano para los amigos) la cosa es distinta. Nacido en Buenos Aires, cuentan que siempre fué hombre de a caballo, en primer término por motivos laborales. Necesitaba de ellos para tirar de la chata municipal, del carro con que hacía la ciruja o del otro carro, el de reparto de verduras. Sus animales por lo general eran mansos y de tiro, pero también tuvo otros de andar y no demasiado aptos para esos menesteres, como la yegua Tita, que según cuenta mi vieja era muy geniosa y en sus peores días obligaba a la gente cercana a esconderse o hacer cuerpo a tierra hasta que El Gaita lograra dominarla. También se cuenta que en medio de la revolución del 55, cuando se veían aviones de guerra surcando el cielo, se escuchaban bombardeos por el lado del centro y  la gente del barrio trataba de quedarse dentro de su casa, Gaitano ensilló uno de sus pingos y salió al galope a buscar a los muchachos (sus hijos y quien sería su futuro yerno), que estaban laburando en la fábrica.
Pero la anécdota que sin dudas me marca ese asunto de la herencia burrera es una que le escuché contar varias veces a mi vieja y a mi abuela. Parece ser que en el barrio había un cuadrero oscuro y grandote propiedad de un vecino cuyo solo apodo ya impone respeto: El Pampa Barraza. Este hombre, su familia y otra gente del barrio solían ir con su caballo a las cuadreras, una verdadera hinchada hípica proveniente de Villa Soldati y Nueva Pompeya para alentar y jugarse unos mangos a las patas del crédito del barrio. En una de ésas jornadas, recién llegados a la cancha Gaitano ya andaba por allí batiendo doy doble contra sencillo cuando desde el camión bajaron al cuadrero, que caminó unos pasos y se quedó quieto mirando fijo al horizonte. Allí Gaitano dijo una frase que perdura hasta nuestros días, al menos en la memoria de la  familia: –Caballo que mira al campo no pierde. Más tarde ganó nomás el oscuro  y hubo asado, vino y festejos hasta el anochecer. Para entonces varios hinchas habían quedado desparramados bajo los árboles de puro contentos (y curdas).
Y hay más anécdotas de Gaitano, los yobacas y las cuadreras, pero si alguien se pusiera escéptico diciendo que en definitiva son todas cosas que yo no viví personalmente, les puedo contar algo que sí viví y certifica de manera irrefutable la teoría de la burrería heredada. Uno de los hijos de Gaitano, mi tío Carlos (también conocido como Potranca), salió muy pero muy burrero. Por esas cosas propias de las familias a mi tío lo veo cada quince años, más o menos, o sea que hasta la tarde que voy a referir, él sabía poco y nada acerca de las costumbres de su sobrino. Era una tarde de Pellegrini en la que no tenía resto ni para viajar a San Isidro y había decidido ir hasta la cercana agencia de Pompeya. Tuve la suerte de acertar la exacta del internacional de la recta que ganó Turco Zaino y mientras disfrutaba de una cerveza en la barra, lo veo a mi tío. De haberle contado que había comprado una casa, que me había recibido de médico o que acababa de ser padre, no se hubiera emocionado tanto como al descubrir que tenía un sobrino burrero. Creo que hasta se le velaron un poco los ojos. Me palmeaba, se reía, me presentó a algunos de sus cófrades y hasta aceptó que le invitara un vaso de cerveza.
 
Y aquí estoy. Durante muchos años me negué a pasar por Avenida La Plata y Las Casas. Todavía me estremezco recordando el tremendo silencio del estadio a medio desmantelar en el anochecer. Sólo pude volver la tarde en que una caravana partió desde allí para inaugurar la casa nueva. Cómo me hubiera gustado festejar junto a Roge los títulos que vinieron después de tantos años de sequía…
Y aquí estoy. A veces, caminando por la redonda de Palermo, cuando un pingo se frena en seco mirando algo allá a lo lejos, me viene a la memoria aquella frase de mi abuelo, el petiso Cayetano: Caballo que mira al campo no pierde...

Marcelo Febula mfebula@yahoo.com.ar
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