El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

lunes, 2 de junio de 2008

La primera dama

El País (España) - Madrid,Spain



La primera dama

Beatriz Ferrer-Salat, la única española olímpica en hípica, afronta sus cuartos Juegos



Las instrucciones de la máquina que se esconde en mitad de la cuadra resumen un mundo diseñado para el triunfo. "Seca, fomenta la salud y la disponibilidad al rendimiento. Refuerza el sistema inmunológico". Se sonríe Beatriz Ferrer-Salat (Barcelona, 42 años), doble medallista olímpica y se lanza a explicar el funcionamiento del solarium y de la cromoterapia, tecnología al servicio de sus caballos castrados. El gesto, sonrisa franca en piel morena, sorprende. Con los pies en el suelo, la campeona desgrana sus seis horas de entrenamiento diario, habla de caballos "calientes" que son "como bombas a punto de explotar", de herreros que son orfebres, y del cuidado psicológico de su montura. Trabajando, calla. Talonea y golpea secamente con su fusta mientras se ejercita con su caballo frente a un espejo tan ancho como el picadero. Es un baile de precisión. La danza de la dama de hierro, la única mujer de su disciplina que ha participado en unos Juegos Olímpicos con España

Lo que no puede ser es que el caballo te tire, te haga el tonto, y que el jinete, porque no sepa suficiente, no le corrija. Hay que ponerlo en su sitio. A mí no me da miedo. Hay gente que se empieza a asustar porque el caballo se le va para atrás, en lugar de darle dos hostias y salir para adelante. Y el caballo aprovecha. No hay que dejar nunca que ellos ganen la batalla. Si no, malo", explica tras entrenarse entre caricias y bisbiseos a su montura, cubierta de espumarajos y rodeada por la neblina de su sudor en una mañana de primavera.

"En el trabajo hay que ser estricto, disciplinado", continúa tras subirse a su inmenso caballo con la ayuda de un cajón de Coca-Colas. "Eso no significa ser duro. Hay que ser preciso. Estricto siempre. El caballo tiene que hacer las cosas como yo creo que deben ir. Si no, se repite hasta que las haga, sin pretender que pase de cero a cien. Los caballos son muy listos. Si pueden hacer menos, pues hacen menos. Hay gente que dice, 'va, da igual', si te hacen una tontería. Pues no da igual. Si le dejas, al siguiente día la tontería será más grande. Y al próximo, será un caballo inmontable".

Ferrer-Salat habla rodeada por decenas de perros y en medio de una lluvia de polen. Monta de 8.00 a 14.00 cinco caballos distintos. Da clases en Villa Equus, su finca, que es una mezcla casi paradisiaca de pistas de tierra, prados de hierba, mansión selecta y picadero de ensueño, en Gualba, a una hora en coche de Barcelona.

La campeona -bronce individual y plata por equipos en Atenas 2004- combina el deporte con su inmobiliaria y dos horas de preparación física vespertina, su seña de identidad. Todo se hace minuciosamente, a la alemana, consecuencia obligada de sus años de entrenamiento en el norte de Europa. "Hay que tener disciplina y recompensarla. Es un diálogo", insiste la española sobre la arena de su picadero, una mezcla de arcilla y extractos de tela sobre un sistema de riego que cuida de las articulaciones de los caballos e impide que se levante el polvo. En Villa Equus nada es casual.

Las cuadras de la finca son un ir y venir de osteopatas, herreros, veterinarios, mozos y jinetes, gente que habla con naturalidad de caballos que deben salir a competir marcha atrás, porque les asustan las cámaras, o del incontrolable terror de las monturas hacia lo desconocido: un paraguas, por ejemplo. La búsqueda del control, en consecuencia, es constante.

"Los caballos están castrados porque son mucho más tranquilos y equilibrados", cuenta Ferrer-Salat. "Cuando son enteros son un poco más chulines, no hacen caso y tienen reacciones muy distintas a los castrados. Y las yeguas también son un coñazo: tienen celo una vez al mes, no te hacen caso y tienen un carácter muy especial. Los castrados están más concentrados".

Tras el entrenamiento, los cuidados. Hoy, el veterinario clava una aguja como un misil para llenar de espesa sangre una jeringuilla. Ayer, cualquier otro día, pasa eso y más.

"Hay que ver si las patas están bien, si el caballo está de buen humor, si está bien de temperatura... millones de cosas", resume. "El herraje y el herrero son fundamentales. Hay que cuidar los cascos y engrasarlos cada día dos o tres veces. En la comida hay suplementos y vitaminas, y ninguno come el mismo pienso ni la misma cantidad. También tengo un osteopata que viene cada cuatro o seis semanas para revisarlos enteros. Mira si tiene las cervicales bien, las vértebras, si tiene un tendón hinchado, las rótulas, los pone a caminar para ver si las caderas bajan igual...", añade. "Psicológicamente también hay que cuidarlos. No puedes meterlos siete días a la semana en la pista, porque hasta yo me aburro. Alternamos los días de entreno con salidas al campo, días de galope... Es importante que no se aburran. La cromoterapia no tengo ni idea de si sirve o no. Según su carácter pones unos colores u otros, pero es difícil saber si eso hace algún efecto".

De Barcelona a Hong-Kong, donde se disputarán las pruebas hípicas de los Juegos Olímpicos de Pekín, sus cuartos Juegos consecutivos, hay que pasar por el avión, los palés para transportar al caballo, los kilos perdidos por una montura "histérica" en el viaje, y los diez días de cuarentena en Aquisgrán (Alemania). Luego, la competición. El inexperto Faberge, el caballo de Beatriz Ferrer-Salat, ante sus primeros Juegos. Y una sola certeza: se gustan y se entienden. No es una cosa evidente. "Con algunos caballos no funcionas a la hora de montar. Hay jinetes y caballos que no se soportan y que no hacen nada. Es como con las personas: chocas de carácter".

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