El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

lunes, 23 de junio de 2008

Las inglesas y el amor

Diario de Mallorca - Palma de Mallorca,Baleares,Spain JOSÉ CARLOS LLOP Suele coincidir mi cumpleaños con el Grand National, cosa que agradezco cuando ocurre como un regalo más de Gran Bretaña, literatura, lengua y música aparte. Tengo, pues, incorporada a mi aniversario esa carrera de caballos y obstáculos vegetales, en un plano parecido a apagar las velas de la tarta familiar. Pero también tengo una espina inglesa en mi talón de Aquiles: nunca he estado en Ascot, que es asunto distinto del Grand National. Nunca he estado en Ascot y aquí no se trata de caballos sino del espectáculo de la gente que asiste al hipódromo. Royal Ascot es lo más parecido a un concurso de aves del paraíso -ya saben, exotismo y gran belleza de plumaje- que haya creado el hombre en la tierra, después de los papúes. Y eso, una vez al menos en la vida, no hace daño a nadie. Que está lleno el mundo de lugares mejores y más apetecibles, es cierto. Que me haría más bien, por ejemplo, una visita al monasterio de Santa Catalina en Egipto, también es verdad. Pero somos seres contradictorios y una velada en Ascot no anula esa posibilidad, aunque de entrada pueda parecerlo.
Lo que ocurre es que no conocíamos lo que se ventilaba por debajo. Los que siempre hemos visto las imágenes de Ascot por televisión, nos habíamos quedado con los sombreros femeninos en la retina: un prodigio oscilante entre la elegancia, la extravagancia, la vanguardia y el absurdo. Pero un prodigio. Contemplar a damas y señoritas de la alta sociedad, tocadas con los sombreros más insólitos, estaba asociado a nuestra idea de Inglaterra tanto como el Club Pickwick, o el día en que Ray Davies escuchó en casa de Van Morrison el Sgt Pepper´s sin inmutarse, con la conciencia de que él había escrito la mejor canción de aquel año -Waterloo sunset-, canción que aún escucho de vez en cuando, como otras de The Kinks. Los vestidos de Ascot, ligeros y primaverales, podían tener mucha gracia -o no-, pero eso se encuentra en las pasarelas de moda y en la calle, incluso. Lo de los sombreros, no; ni en según que bodas. Al menos no tantos juntos, ni tan extravagantes.

Pero se ve que lo extravagante en Ascot había ido in crescendo y no precisamente por los tocados capilares o los vestidos, tan visibles. Al ver a una estilizada dama inglesa con una pamela coronada por una máquina de escribir, uno pensaba en un pasaje de Paul Morand -que publicó un gran libro sobre Londres- o en un reportaje del esteta Patrick Mauriés -que escribió el delicioso Cosas Inglesas- en la revista Le Promeneur. La vida, a veces, necesita de estas cosas. Pero en la vida también está el erotismo y parece que éste -desde la doble perspectiva del exhibicionismo y el voyeurismo- estaba en Ascot ganando la partida a los sombreros. Y nosotros -no sé Su Graciosa Majestad- sin enterarnos.
Resulta que entre las chicas -y algunas damas- aficionadas a dejarse ver en el hipódromo se había impuesto la moda de no llevar ropa interior, asunto éste que no deja de tener su interés. Las inglesas y el amor, o las inglesas y Eros, si hacemos caso de Ovidio. Está comprobado que existe en la Vieja Inglaterra cierta tendencia al nudismo instantáneo -el streaking- y la última en mostrar sus encantos -no en Ascot, desde luego- ha sido una de las nietas de la reina Isabel en una noche de juerga con baile sobre una mesa en plan Venus de Cranach. Oh paradoja, cuando su reproducción en un cartel -la de Venus, no de la real nieta- anunciando una magna muestra del pintor alemán, fue retirada hace meses de los lugares públicos londinenses, debido a su supuesta obscenidad -que como todo conocedor de Cranach sabe, está más en el rostro que en el cuerpo desnudo.
O sea que a partir de este año Ascot ha establecido una policía de la vestimenta, al más puro estilo iraní, para impedir la fiesta de nalgas y pubis al aire, mientras corre la brisa de Windsor. Apenado por la noticia, me pregunto en qué pensaban los cámaras de televisión todos estos años, mostrándonos tan sólo el exotismo de los sombreros.
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