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"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

sábado, 23 de agosto de 2008

Un drama de costumbres regionales

El Nuevo Diario - Nicaragua



Erick Aguirre

07:43 - 14/08/2008


Managua es una ciudad siempre dispuesta a celebrarlo todo. Uno sale a la calle en la mañana después de un largo fin de semana que se llevó consigo los atávicos festejos de agosto con sus innumerables muertos y heridos después de la “traída” y la “dejada” de Santo Domingo desde la iglesia de las sierras, y no puede dejar de imaginar que la calma que inunda las calles es simplemente transitoria.

Y es que desde la última noche de julio en las sierras al sur de la ciudad, todos los años se desarrolla un drama de costumbres regionales que alcanza proporciones carnavalescas. Todos los primeros de agosto, después de la celebración de una misa en la iglesia de las sierras, se pone en marcha un caótico y pantagruélico cortejo que se trae en andas hasta Managua la figura de madera de un santo diminuto que todos aquí consideran milagroso.

Una inmensa muchedumbre vestida de miles formas: con disfraces de vacas, o de indios, o con máscaras de distinta representación o simplemente desnudos y con el cuerpo totalmente embarrado con aceite quemado de motor, autollamándose “diablitos” (“Nosotros somos los diablos/ que venimos desde el infierno/ a llevarnos a las suegras / que no quieren a sus yernos...) se viene bailando, cantando y vociferando, buscando el centro de la ciudad y acompañando la imagen del santo en una danza interminable, al son de marimbas y animándose casi todos con botellas o pequeñas bolsas plásticas llenas de ron o aguardiente, hasta que llegan a un cruce de calles llamado el Gancho de caminos, donde el “mayordomo” de las sierras entrega solemnemente al de Managua la imagen del santo, en medio de la alegría por la diana festejada con disparos de bombas y cohetes.

El santo patrono de los managuas es entonces encaramado en una especie de barco de guerra de madera y cartonpiedra, mal disimulado por una carreta llena de ornamentos de colores y virutas de papel brillante. Sobre ese barco la imagen del santo es paseada por las calles de los barrios Santo Domingo y Campo Bruce, hasta que se le deja en la iglesia que lleva su nombre donde permanece diez días, durante los cuales los devotos de “santo dominguito” se dedican a desatar sus ansias de bacanal bebiendo y comiendo todos los días, lidiando toros entre música de “chicheros” y gritos de júbilo o pendencia.

Al término de esos diez días, el santo regresa a las sierras del mismo modo en que fue “traído”, y cada año a los periodistas sólo nos queda hacer el recuento de los daños, los heridos y los muertos por las corneadas de los toros, los asaltos a mano armada o los pleitos con cuchillos y machetes protagonizados por los innumerables borrachos y devotos que durante esos primeros diez días de agosto acostumbran dedicarse a un desaforado bacanal.

Así que, como decía, un día once de agosto de cualquier año, para un periodista de Managua, salir temprano a la calle y percibir la calma en la ciudad, significa imaginar que algún nuevo tumulto se avecina. La noche anterior había estado conversando con el periodista Carlos Vargas y el poeta Raúl Calero sobre aquella ancestral celebración.

Carlos había indagado, durante el proceso de algunos reportajes, sobre aquellas fiestas que cíclicamente celebran los managuas, y sostenía que tienen que ver más con una deidad aborigen que con el personaje español de la Edad Media convertido en santo por la iglesia católica, es decir, se trata de un desborde pagano que según los historiadores con los que personalmente Carlos indagó, fue sustituido durante la dominación española por el fundador de la Orden de los Predicadores, Domingo de Guzmán, nacido en 1170 y muerto en 1221.

“Le dicen pagano, pero porque lo ven desde una mentalidad occidentalizada”, replicó esa noche Calero, embozado en su invariable camisa negra. “Y vos deberías llamarlo como lo llama la gente: “Mingo” o “Minguito”, que es un hipocorístico de Domingo, para que lo sepás”, agregó.
Carlitos prefirió no hacerle caso y se empeñó casi toda la noche en explicarnos que aquellos bacanales que hasta los eslogan de la publicidad suelen llamar “agostinos”, en algo tienen relación, en su razón de ser, con el carácter trágico y dolorosamente festivo de la ciudad. En otras palabras, mi amigo sostiene que su origen responde más bien a una concepción ancestral y mítica que siempre estuvo ligada a la imantación trágica del territorio donde siempre ha estado asentada Managua, y que incluso su historia, desde la primera leyenda de un hallazgo milagroso de la imagen de Domingo de Guzmán por un campesino cerrero, había sido falseada con el tiempo.

Según Carlitos, el culto a Santo Domingo no se remonta a 1885, año en que se fechó el supuesto hallazgo, en las sierras del sur, de la minúscula imagen, que apenas mide veinte centímetros de alto.

“Un historiador amigo mío puede demostrarles claramente que esas festividades ya existían al menos treinta años antes del supuesto descubrimiento de la imagen del santo”, nos dijo esa noche con vehemencia.

Según el historiador entrevistado por Carlos, en correspondencias de algunos notables de Managua y Granada en el año 1853, ya se hablaba ampliamente de la existencia de las fiestas en la recién erigida capital de Nicaragua, que entonces era sólo una aldea de pescadores. Y yo casi pude imaginar, recordando mis lecturas de viejos periódicos, a esos pescadores de la aldea de Managua, descendientes de los primitivos habitantes neolíticos que dejaron grabadas sus huellas en el lodo volcánico de Acahualinca y que según nos dijo Carlitos aquella noche, siguieron viviendo de la pesca en las riberas del lago, hasta que desarrollaron una estacional e incipiente agricultura.
Pero llegado a este punto no pude contener mi curiosidad y le pregunté a Carlitos cómo era eso de que una comunidad de pescadores se haya dedicado también a la agricultura.

“¿Cómo?”, repitió Carlos mi pregunta. “Pues a través del maíz, hombre; el maíz lo trajeron aquí hace cuatro mil años los migrantes del altiplano mexicano; ellos fueron los que trajeron el culto al dios del maíz, y fue en las sierras de Managua donde se dedicaron por primera vez a cultivar un grano que llegaron a considerar sagrado”.

El poeta Calero aprobó con cierto desgano el argumento de mi amigo, y ya no tuvo más reparos cuando Carlos citó las declaraciones del historiador entrevistado, y nos recordó que los cazadores y pescadores de Managua, en aquellos tiempos, complementaban su dieta con el maíz, y al final de la cosecha se trasladaban a las sierras para traer la imagen que en el culto nagual o nahua, representaba al dios del maíz, a quien devolvían a su sitio tras una breve temporada de celebración.

“Ese es el mito soterrado por la dominación española”, nos dijo. “Pero ese mito emerge y revive cada primero y diez de agosto, con la “traída” y la “dejada” de Santo Domingo, el patrono de facto de los managuas”.

“¿Cómo es eso de patrono de facto?”, le pregunté con curiosidad.

“Es que el patrono impuesto por los españoles fue otro: Santiago, el santo conquistador. ¿Qué no lo han visto allí, esculpido en alto relieve en el frontis de la vieja catedral?”.
“¿En la catedral de Managua?”, le pregunté perplejo.
“Sí, hombre”, me dijo como si hablara con un tonto. “Ahí está, ¿cómo es posible que no lo hayás visto?, está a los pies de la imagen de Cristo, montado en un caballo y blandiendo su espada contra los moros”.

“Como los hípicos arrogantes que todos los años hacen su agosto en medio de publicidad chauvinista”, dijo Calero. Y Carlos respondió parafraseando a Cervantes: “Sí, pero acuérdense que los caballeros pueden a veces degenerar en caballería”. Y es que, un poco lejos del drama atávico de los ancestrales devotos del santo, la clase alta y las otras que se arrastran tras su manías, celebran también su fiesta.“¡Por fin volver a caballejear, aunque sea por un día! Cobra vigor entonces otro tipo de atavismo: un atavismo cuadrúpedo, y como dijo el poeta Martínez Rivas, regresan a la Colonia, al coloniaje, cuando los déspotas iban a caballo restallando fustas y sonando espuelas, y el pueblo siervo iba a pie, aunque ahora bebiendo Flor de caña y comiendo bajo, moronga o chicharrón con yuca en “típicos” envoltorios de chagüitón.

Les dije entonces que dejaría por esta vez de acudir a ese espectáculo de encomenderos, y me tomaría más bien la molestia de buscar la imagen del tal Santiago entre las ruinas de la vieja catedral, pero que por el momento se me hacía difícil entender cómo una leyenda impuesta a sangre y fuego sobre la cultura ancestral de nuestros primeros pobladores, no haya prevalecido sobre las demás entre los habitantes de una pequeña comunidad de pescadores.

“No creás -me contestó Carlitos- la dominación siempre se impuso, pero la población indígena de Managua persistió en inyectarle a las fiestas ese sustrato primitivo, aunque recurriendo a una forma de sincretismo, por eso han prefirido desde hace tiempo como patrono al santo católico, fundador de la Orden de los Dominicos, y no a Santiago, el preferido de la iglesia”.

Calero intervino para decirnos que no olvidáramos el fenómeno mítico primigenio, y nos comentó que precisamente ese origen nagual o nahua, giraba alrededor de la imagen del dios del maíz, que además se llamaba Xólotl, que también dio el nombre al lago Xolotlán y que se identificaba en la figura de un perro.

“Eso explica -añadió Carlitos- la figura del pequeño perrito a los pies de la diminuta imagen del santo. El mismo que acompañaba a los indios y caciques en la Managua prehispánica”.

De todo eso estuvimos conversando mi amigo periodista, el poeta y yo, durante casi toda la noche de aquel diez de agosto; compadeciéndonos de nuestros colegas de la página roja que se quedaron al cierre de la edición y que afanosos y alterados transcribían de sus libretas a las computadoras el recuento de los daños, la enorme lista de robos, muertes y heridos: el doloroso registro de sangre de aquellas festividades, convertido ya en una costumbre a lo largo de los años. Pero antes de despedirnos alguno de los tres recordó de nuevo al poeta Martínez Rivas:
“Que hoy todavía ahora en estos aires volvamos a eso, lo deja a uno interrogante. Preguntándose si hubo aquí Revolución. ¡Semejante pregunta!”
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