El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

martes, 14 de octubre de 2008

Memorias del Hipódromo Mahonés (2)

Diario Menorca - Mahón,Islas Baleares,Spain




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Aquella mañana de 1938 jamás será olvidada. Su calle, la del Sol, parecía no querer deslumbrar a la vecindad, tal vez para que no se vieran las lágrimas de un pequeño grupo de chavales que se despedían, daba la impresión que se marchaba a Liorna, cuando el final de trayecto sería en Mahón. Un muchacho de pelo negro y ensortijado le dio un abrazo, tal cual hacían los mayores. A pesar de su corta edad, habían madurado a la vida antes de lo debido. Miguel trabajaba por las tardes en factorías donde, según me comentó, allí aprendían lo que no era preciso aprender.

El niño ignoraba el porqué de la marcha, el tener que dejar su casa y sus cosas. Una de aquellas noches al irse a la cama, entre susurros escuchó a los mayores. Entre otras cosas, decían que un señor muy importante del pueblo había nombrado a su padre policía junto a varios alaiorencs, para ello era preciso desplazarse a Mahón.

El epigrafiado nació en Alaior, en la calle del Sol, en plena primavera (25-4-1931) hijo de Antonio Pons Andreu y Francisca Florit Pons. Despertó a la vida con aromas de sarol, por ser su padre zapatero de banqueta. Desde muy corta edad, acudió a la escuela nacional. Fueron sus profesores, Augusto Cortés, un maestro al que llamaban Andreu y el señor Pallicer, hermano del propietario de la Fantasía, comercio de tejidos de la calle Nueva de Mahón, a buen seguro el más antiguo de nuestra ciudad, con la particularidad que continúa la misma saga, siempre tan serviciales i bona gent.

El ruinoso autobús funcionaba con gasógeno, a su paso armaba un revuelo, imposible ir de incógnito. Los dejó en la Raval muy cerca del domicilio de un guarnicionero, la familia con sus cosas i embolics se dirigieron muy cerca del lugar en una casa entre la actual perfumería Vda. de Carreras y el Teatro Principal. Allí vivieron hasta que finalizó la guerra, es posible se tratase de la actual casa Dolfo.

Lugar ideal, estaba rodeado de casas con muchos hijos, pronto jugó con los niños de aquel tramo, principalmente con Tiago Llompart, que vivía frente a la suya, regentaban la tienda de comestibles de la familia que abastecía con las consabidas limitaciones del momento. Se encontraban otros con que compartió juegos y que lamentablemente no recuerda nombres ni apellidos, lógico, ha pasado tanto tiempo y ha conocido tantísimas gentes. Pero sí, el derrumbe de parte del Teatro, la bomba que armó tanto revuelo, dio mucho que hablar y mucho que temer.

Acudió a Fontiroig , su maestro vivía en la plaza de la Miranda. Ello se aviene al comentario que hice la semana anterior, que la escuela de Santo Tomás de Aquino equivalente a Fontiroig, se había iniciado en aquel lugar, que por lo visto quedó como domicilio particular del maestro.

Por fin acabó la guerra, regresando al punto de destino y todo continuó como antaño. Todo no, la escasez de alimentos y otros menesteres se iban acumulando día a día, ni tan siquiera disponían de hilo parar zurcir las punteras de los calcetines.

De nuevo en su antigua academia y por las tardes empleado en la fábrica de calzados de caballero de Pons Arnau y calzados Sbert. Ya era un chico mayor, recién cumplidos los 9 años, le enseñaron a cortar los trozos de piel que los hombres cosían. Reconoce que lo hacía con desgana, le apetecía adentrarse en el mundo intelectual. Aquellas cosas no le interesaban para nada. Pero debía hacerlo, su madre estaba enferma y su padre quedaba en la casa junto a ella, era preciso cuidarla, precisando del jornal que el niño aportaba.

A finales de 1941, en Alaior se comentó que había regresado Juan Hernández Mora, recién salido de la cárcel Modelo de Barcelona, con la intención de abrir una academia de bachiller libre muy cerca de calzados Sbert, en la calle Paborde Martí.

Miguel Pons fue uno de los primeros alumnos con que contó el profesor, con la particularidad de que desde un principio van fer molt bo. No era frecuente dar con un chaval tan predispuesto al estudio, trabajando, ayudando a la familia y estudiando en las horas en que debería descansar. Todas estas connotaciones le daban un buen prestigio, ante aquel maestro tan tocat i posat. Miguel, el futuro practicante, tenía las cosas muy claras, no deseaba continuar por el mismo camino que los hombres que trabajaban en las fábricas que frecuentaba, deseaba ser algo más. Por ello estudió el bachillerato elemental, viendo colmadas en cierta manera sus expectativas.

No sabía exactamente qué sería de mayor, a la vez que admiraba al practicante del pueblo, cómo atendía a su madre, siempre atento, con actitud paciente y cariñosa.

Desgraciadamente, su familia sufrió un triste revés, su madre con tan sólo 44 años falleció, tras una larga y penosa enfermedad, dejando un inmenso vacío.

Precisamente el profesor le ayudó en cuanto pudo a salir de aquel pozo de amargura, induciéndolo hacia el estudio, machacándolo que debía continuar. Don Juan Hernández fue depurado, pudiendo entrar en el instituto de Mahón dejando Alaior y a una juventud que le echaría en falta. Hernández Mora fue capaz de convencer a los que serían el futuro del pueblo que se decantaran por los libros, estimulándolos a instruirse.

Poco después llegó otro gran personaje que tendría que ver en su vida, Francisco Sans Amantegui, cuñado de Hernández Mora, destinado como practicante con recomendaciones para Miguel Pons, entre ellas vigilando su aprendizaje, dándole las máximas facilidades, induciéndolo a la sanidad, haciendo prácticas junto a él en su pueblo. Podría decirse que don Juan Hernández fue quien le trazó el camino hacia el cuidado de los enfermos, descubrió en aquel jovenzuelo su humanidad, su dulzura y sensibilidad, componentes idóneos para tal cometido.

Tiempo después pasó en el Hospital Militar con el doctor Echevarria y Alfredo Soro Guardiola, de grato recuerdo, con el que le unió una buena amistad, siendo muy apoyado por ambos. Aconsejándole debía finalizar su formación cursando su preparación en la Universidad, trasladándose a Madrid, donde cursó el 1º curso y el 2º en la ciudad universitaria.

Finalizó en 1951, tenía 20 años, pasando a formar parte de la Seguridad Social, siendo destinado a Mercadal. De aquella fecha recuerda que era la festividad de la Mercè, se encontró con el señor Borrás, médico del pueblo, querido y admirado por todos, era molt bona persona, y Magdalena Pons, comadrona titular, muy espabilada y diligente, las mujeres del pueblo a la hora de parir, a su lado se sentían muy seguras protegidas .

Según Miguel Pons, allí empezó una nueva vida. En la calle de los Mártires, camino de Tramontana, alquiló una sala con alcoba, por 500 pesetas mensuales. Se trataba de una gente muy buena y apreciada, él le llamaba sa patrona.

En aquella época el médico y el practicante estaban de guardia las 24 horas seguidas, sin fiestas, ni vacaciones, siempre predispuestos atender cualquier emergencia o situación. Con la particularidad que faltaban varios años para que la medicina fuese considerada como tal. Si alguien sanaba, siempre era gracias a Dios, una Virgen o un mártir. Si el enfermo fallecía, la culpa recaía sobre el médico, açò esteia ben clar.

En la actualidad, se cuenta con un gran avance de medicamentos y no digamos de instrumental. Por aquel entonces los pacientes no iban al médico a no ser que el caso fuese de extrema gravedad. Primero se recurría a remedios caseros, tisanas, empastes de hierbas, visitas a los curanderos, algunos se decantaban por la homeopatía, incluso se daba crédito a remedios de la vecina, la parienta…

Miguel pasó momentos difíciles, por considerarse novato, su manera de ser tan responsable le obligaba a esmerarse y entregarse incluso más de lo que debiera, pero jamás lo lamentó, antes bien todo lo contrario, para el practicante los pacientes eran lo primero, i per ells feia faves d’olla.

Además trabajaba para los doctores Franco de Ferreries, Osvaldo Gómez de Alaior y Orfila de Mig­jorn. Repitió varias veces que hizo cuanto fue preciso, recalcando una vez más que el doctor Alfredo Soro, que en gloria esté, le enseñó infinidad de secretos y trucos de la medicina, de curas, de analíticas y un amplio etcétera. Junto al recuerdo del grato aprendizaje con Soro Guardiola, también se encontraba la del practicante que atendió a su madre, una persona muy humana, que le hizo ver a la vez que comprender que la medicina podía hacer mucho bien a la humanidad. Unas palabras de comprensión aliviaban más que una penicilina.

Infinidad de recuerdos se encuentran guardados celosamente, tan sólo me comentó de su asistencia a una mujer que abortó en el interior de una cueva y lo que significaba realizar los lavados de estómago cuantas veces fuesen preciso. En la actualidad los realiza un especialista, pero antaño los ejecutaba el practicante sin material y éste lo suplía la buena voluntad de hacer cuanto uno podía.

En Mercadal conoció a la que sería su esposa, Águeda Barro Crespo, contrayendo matrimonio el 24 de agosto de 1957. Tuvieron 3 hijos, viéndose felizmente aumentada con 2 yernos, 1 nuera, 1 nieto y 3 nietas. Se relacionó con toda clase de gente y estamentos, ell amb tothom feia bo, iniciándose en el tenis, ajedrez y el fútbol. El caso curioso fue que en el campo de San Martín se hacían carreras de cabriols y poco a poco se fue aficionando.

Al preguntarle quién le indujo, me contestó que sus propias amistades del pueblo. El veterinario Miguel Gomila, un ex futbolista al que llamaban Pito Gomila, Nito el lechero que hacía las veces de transportista, llevando caballos de un lugar para otro. Las mañanas de los domingos el grupo de mercadalencs le arrastraba al Hipódromo Mahonés, dejándose llevar, no en vano disfrutaba del espectáculo. Miguel Pons es del parecer que la afición menorquina es la del trote enganchado, reconociendo que su hijo Antonio no era un súper pero lo hacía muy bien, de niño ya demostraba una gran afición, ilusionado en poder montar, tuvo que esperar a cumplir 14 años. Por cierto, aquella espera le supuso una eternidad.

El trato con la gente del Hipódromo, su manera de ser, altruista y participativo, propició que cuando Guillermo Gardés fue nombrado presidente, en trara a formar parte de la junta, a los 2 ó 3 años ambos renunciaron, uniéndose a ellos José María Carreras. Jamás se le había ocurrido ser presidente del lugar ni fer-hi prop, pero tras proponérselo y pensarlo tranquilamente, lo aceptó, con la condición de que algo debía cambiar.

La situación económica era catastrófica, tuvo la suerte de ponerse de acuerdo con los responsables de las apuestas para que existiera un atractivo.

La respuesta fue muy positiva, logrando una acumulación tal de quinielas que pagaron todas cuantas deudas tenían pendientes de pago.

En diciembre de 1991 se debían 624.000 pesetas. En marzo de 1992 había una quiniela que debía dejar 3.000.000, se jugaba un millón de las antiguas pesetas, en aquel tiempo eren molt de doblers. Fue la salvación del Hipódromo Mahonés, lo que le dio que pensar que su misión había finalizado. Se hicieron algunas reformas, entre ellas la torre de comisarios y los depósitos de agua, entre otras muchas cosas.

Lamentablemente no recuerda quiénes formaron parte en su candidatura, tan sólo a Vicente Mata. Lo que no ha podido olvidar es la página de la derecha del libro de cuentas que al despedirse faltaba muy poco, casi nada, para redondear los 3.000.000, sin deudas y diversas renovaciones.

Cualquier mortal podría sentirse orgulloso de ello, pero Miguel Pons es practicant es demasiado humilde, lo suyo siempre fue auxiliar al necesitado.

Sus compañeros y amigos del Hipódromo le agasajaron con una cena con motivo de la despedida, la cual no ha olvidado, aún hoy se emociona al recordarla, recalcando que no era merecedor de tanto agradecimiento, a fin de cuentas él había hecho o por lo menos intentó hacer cuantas cosas creyó que debían realizarse.

El tema de los caballos es muy bonito y muy apasionante, llegando a formarse grupos de gentes que trabajan sin ánimo de res en beneficio del deporte. Confesó que en ocasiones sentado tranquilamente en su hogar, al cerrar los ojos divaga por el campo y hasta le parece escuchar el rápido zumbido de las ruedas de un cabriolet, mientras es apagado por el fuerte galopar de un brioso corcel.

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