El desafío para la Industria del Caballo en la Argentina es nuevamente
"Trabajar en forma INTEGRADA, HACIENDO QUE LAS COSAS PASEN"
Este año ¿lo lograremos?
Mario López Oliva

sábado, 18 de octubre de 2008

no cuentos recuerdos

por Jorge Eduardo
Argentina / 1951

Fecha de alta 06-01-2008

Las cuadreras eran un tipo de carreras que tenían una organización espontánea. No las organizaba nadie en particular, se difundían por el sistema de boca en boca y la gente se juntaba con sus caballos y se desafiaban a correr con caballos parecidos y casi siempre conocidos.

Los caballos eran caballos entrenados para correr cuadreras o caballos que simplemente eran de andar y los hacían de correr. Estaban acostumbrados a correr pero no tenían un cuidado diario para eso, este era el caso de Chiquito en esta oportunidad que fuimos con los chicos de la finca a las cuadreras.

Un día domingo, nos juntamos seis chicos de entre 9 y 10 años, fuimos al potrero, juntamos todos los caballos y los llevamos al coralillo. Empezamos a elegir los mejores para montar: Chiquito para mí, el Gaucho para Alberto, Carlitos con su caballo tordillo, Nene con su Moro, el Flaco con el Pico Chueco y el Gordo con el Noble.

Salimos a escondidas de papá por una puerta que daba a la calle del fondo y que estaba en la casa del tío de Carlitos: Juan Stirpa. Desde allí pasamos a un campo que limitaba con la Calle Nueva, junto a ella corría un río seco hecho por las crecientes, era angosto y profundo, tendría unos tres metros de ancho por cuatro de profundidad. Los habitantes de la zona lo usaban tanto para ir a caballo por dentro como en Sulky, pues los árboles que crecían salvajes a sus orillas le permitían tener sombra y junto con la arena que cubría el fondo, lo hacía un lugar agradable para andar a caballo.

Al cañadón llegamos escapando que nos viera don Juan el Caballerizo, enseguida le encontraría don Américo (mi papá). Nos metimos por el lecho y fuimos a todo galope esquivando espinas de algarrobo y chañares, que crecían salvajes a sus orillas, en el fondo, formando a veces un túnel de ramas con espinas que iban cortando los que pasaban y le daban forma, para poder circular sin golpearse con las espinas.

Llegamos a un lugar donde el cañadón terminaba (o empezaba), al cruzarse con una calle: El Trébol. Esa calle tenía árboles muy pintorescos, árboles altos a los costados, muchos álamos entremezclados con pinos… daban mucha sombra y hacían de la calle un lugar ideal para correr carreras.

En esa calle se juntaban a correr carreras cuadreras los domingos. Cuando llegamos al lugar había un camión estacionado afuera de la calle al lado del lugar donde se correrían las carreras, desde arriba del camión un muchachón, que tenía bigotes espesos, pelo largo a lo gaucho y negro, alto y de bombachas camperas, gritaba: Quiero que se corra una carrera entre el zaino (Chiquito) y la Mora.

Se arrimó adonde estábamos nosotros con los caballos y quedamos de acuerdo en que él, correría el zaino, contra la Mora. La carrera era por plata pero como no había organizadores no depositamos el dinero antes de correr.

Agustín, que así se llamaba el audaz jinete que sin conocer al caballo aceptaba largarse en alocada carrera, resultó ser un experto cabalgando y ya había corrido anteriormente muchas carreras en San Luis desde donde venía llegando a Mendoza para la cosecha de uva que en pocos días empezaría.

La Mora era una yegua bajita, fina de clase y estaba cuidada. La carrera como se estilaba en esos tiempos se hizo con partidas, ya que en las canchas improvisadas no habían partidores. Las partidas se convertían en un juego de ajedrez. El jinete más tramposo, más hábil o más mañero, hacía fallar la partida… Agustín era uno de esos que sabían todo para largar primero y así fue, se vinieron.

Se vinieron con Agustín adelante, hasta los 200m arriba de la mora más cuidada y más ligera en el tiro que eligieron: 300m., lo empezó a alcanzar y cuando pasaron la raya, el rayero dijo: "La mora por el pescuezo..." ( menos de 50cm.).

Ninguno de nosotros tenía plata para pagar la apuesta de la carrera, ni tampoco Agustín que había sido el inventor de todo y no tuvimos mejor idea que escaparnos volviendo por el zanjón, disparando a la finca y largar los caballos al potrero. Supuestamente creíamos que nadie nos conocía, pero todos en la carrera sabían de donde éramos y quienes éramos.

Papá al otro día, no sé cómo, estaba enterado de todo y sin más vueltas me mandó al boliche donde en las tardes paraba el dueño de la mora, en el boliche que le hacía la competencia al turco Ernesto. Allí en el palo de atar estaba la mora, adentro en el fondo del boliche jugaba al truco el dueño...Yo con miedo y sin saludar a nadie llegué junto al hombre que conocía su cara, pero no sabía su nombre, le alcancé la plata de la apuesta y volví a salir en silencio sintiendo que todos me miraban...papá no me retó, ni me pegó, pero me obligó a poner la cara y eso me dolió tanto o más que una gran paliza.

Agustín se quedó a vivir en el secadero y después de las cosechas se quedó de mensual trabajando en las viñas. Cuando don Juan se cayó del colectivo, Agustín se quedó de Caballerizo hasta que se fraccionó la finca y cada uno pasó a tener los animales que le correspondían, algunos compraron tractores.

A mis caballos ya conté cómo se los vendimos a un estanciero de San Luis.

Jorge Eduardo
Campamentos, Rivadavia, Mendoza.
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